Juan García Ponce fue uno de los escritores más prolíficos de la Generación de Medio Siglo, puesto que su obra comprende géneros representacionales como el teatro y la narrativa, así como géneros reflexivos, concernientes al ensayo y la crítica de arte, mismos que en conjunto suman más de cuarenta títulos. No obstante, vale subrayar que el inicio de su trayectoria se ubica en la dramaturgia, la cual se vio enriquecida por la guía de creadores notables, como es el caso de Salvador Novo, Luisa Josefina Hernández y Jorge Ibargüengoitia, a lo que se añade el estudio de su propio canon teatral, en cuya punta se encuentra August Strindberg. Por ello resulta significativo que la editorial Odradek, presidida por Alfonso D´Aquino, desde hace algunos años haya tomado la decisión de reeditar y de dar a conocer a los nuevos lectores estas producciones del autor yucateco. Con la publicación de la obra teatral La feria distante, la casa editorial amplía la Colección Juan García Ponce, misma que ya cuenta con las obras El canto de los grillos y Sombras, las cuales forman parte del mismo periodo de escritura, hacia finales de 1950. Se trata de textos que conforman un rico repositorio temático y estético que García Ponce conservó a lo largo del tiempo. En ese sentido, esta publicación otorga la posibilidad de revisitar el origen de uno de los corpus literarios más sugerentes de México durante la segunda mitad del siglo pasado.

Así, si se contempla la noción de teatro, concebida como la unión del escenario y de la presencia de actores, quienes representan una secuencia de acciones en un tiempo y lugar determinado, La feria distante plantea el destino de cinco personajes femeninos y tres masculinos situados en algún estado del país, quienes muestran los cambios de una familia de clase pudiente enfrentada a una nueva realidad, al verse obligada a transformar su rol social para adaptarse a un tipo de vida más modesto. En medio de ello, el amor fuera del límite moral es otro tema que se desarrolla a través de escenas en las que Alma y Alberto se aproximan de manera indirecta mediante la rememoración de la infancia, y de actos tan simples como observar las estrellas, tal como lo expresa Alberto: “Alma es incansable y además, se sabe el nombre de todas las estrellas. Me dio toda una lección de astronomía” (GP, 2024: 90). De igual modo, éste apunta más adelante: “Parecíamos tontos, deteniéndonos a cada momento para que me explicara cuál era ésa que brillaba tanto, a la derecha de la luna” (2024: 90). Como se advierte, los breves diálogos connotan el afecto amoroso del personaje, quien atesora en su memoria el momento vivido con Alma, signando con ello el conflicto de la pareja en el contexto en el que ésta se desenvuelve, dado que el adulterio resulta inaceptable.
Por lo anterior, La feria distante despliega el problema del cambio social familiar, y el conflicto de la ilusión afectiva que no llega a florecer, en cuanto dos temas que exponen el choque de los personajes ante su presente, y la añoranza por recuperar un tiempo pasado. Igualmente, para canalizar el mensaje escénico, García Ponce recurre a la voz de las hermanas Isabel y Julia, y a la de su madre, Mercedes, quienes se encargan de registrar la imagen de aquel pasado perdido sobre la base de sus interacciones cotidianas, en las que describen experiencias de su vida dentro de la casa que venderán en el futuro. En este punto llama la atención que dichos personajes den cuenta de un sitio similar al que describe el escritor en el texto autobiográfico “Infancia en Mérida y Campeche”, como parte del libro Personas, lugares y anexas. En dicho escrito el autor menciona que empezó a fraguar sus primeras obras de teatro frente a la ventana de la casa de su abuela, en Yucatán, a lo que agrega un dibujo de la propia escena —dibujo que el sello Odradek tuvo a bien publicar como apertura a la obra El canto de los grillos—. La distinción comparativa entre una y otra descripción permite observar que el trazo de dicha ventana detenta la forma de una suerte de escenario conformado por las hojas de madera divididas en dos paneles, mismas que asemejan un telón teatral, mientras que la herrería del fondo descubre líneas coloniales con formas de corazón, en convivencia con lo que parecen ser portarretratos colocados al pie del descansillo de la ventana, mismos que se confunden con algunas plantas. Asimismo, en un primer plano se advierte la mesa y la silla del escritor, lo que, de manera indirecta, marca la presencia del propio García Ponce en la escena. Haciendo un pequeño ejercicio de imaginación, podría establecerse un nexo entre el recuerdo dibujado de la casa familiar —en tanto evocación visual del escenario, y de los personajes que actúan en él—, con el desarrollo de nuestra obra de teatro, misma que a todas luces contiene visos de la experiencia del dramaturgo como integrante de la sociedad yucateca, quien con una mirada penetrante entresaca problemáticas y deseos de esta última para articular la obra que nos ocupa. Por este motivo, la construcción de la memoria constituye un pivote que aporta tensión a la acción dramática que, con unos cuantos elementos, como los mencionados, además de la integración de cartas, o del marcaje de ausencias prolongadas —como el caso de Miguel, hijo de Mercedes también—, mantiene al lector en una atmósfera de tensión.
Otro aspecto que juega un papel determinante en la orientación visual de la obra consiste en las acotaciones, ya que García Ponce las utiliza para revestir la escena de un halo de misterio, al tiempo de diseñar un ambiente específico que mucho tiene que ver con su perfil como especialista de la composición plástica. Ejemplo de ello lo encontramos en el Tercer acto: “Aproximadamente tres semanas después. Un miércoles a mediados de marzo. Las nueve y media de la noche. Al levantarse el telón, la escena está casi a oscuras, iluminada tan solo por la luz del comedor, en el cual acaban de terminar de cenar Mercedes y Elvia” (2024: 80). La acotación sirve para generar una prolepsis, mientras que también señala un día y una época del año en específico, al igual que una hora; no obstante, el cuadro escénico casi a oscuras nos remite a una composición tenebrista en la que dos mujeres apenas se dibujan, inmóviles. La mirada del dramaturgo se enfoca en otorgar pistas al director de la obra, a fin de que conciba el texto no sólo en calidad de un argumento a materializar, sino como un ejercicio plástico de la luz, el cual forma parte de la gama de escenificaciones que convierten a los personajes en parte de una imagen cambiante que se desenvuelve a lo largo de toda la obra. Por ello, cabe señalar la veta de dirección del dramaturgo, expresada a partir de las acotaciones. Un ejemplo más de esto se advierte en el Cuarto Acto, en el que, a través del mismo recurso, el escritor marca el cambio paulatino de los acontecimientos y de los personajes:
Un jueves. Principios de abril. Son las seis de la tarde. Al levantarse el telón la escena está sola. Hay algunos cambios en ella: han quitado las cortinas de la ventana del comedor y a través de ella puede verse que también han sacado los muebles. […] Después de una pausa, por la izquierda, primer término, entra Julia, con una maleta en la mano. Camina hacia la puerta del centro, se detiene un momento. Deja la maleta y mira nostálgica, a su alrededor (107).

La atención hacia los detalles del escenario y de los movimientos que articulan los personajes para otorgar dramatismo a la escena, señala una poética teatral que expande el campo de inscripción textual de la obra, al campo de su propio montaje, lo cual, como se expresó antes, resulta un punto de apoyo para que el autor diera forma años más tarde a cuentos y novelas, tal como también lo señala D’Aquino en el prólogo a la antes mencionada, Sombras.
Ahora bien, la reedición de La feria distante también contiene otras aportaciones relativas a la muestra de cómo se presentó ante el público en 1957, lo que constituye un registro invaluable, al tratarse de una ventana a una parte significativa de la cultura en México. Por ejemplo, la pieza está dedicada a Juan José Gurrola, colega y amigo entrañable del escritor, con quien más tarde realizaría el filme Tajimara, adaptación del cuento homónimo de 1963, y con quien también desarrollaría la adaptación teatral de la novela de Pierre Klossowski, Roberte, esta noche en 1975, por lo que nuestra obra se torna la semilla de un camino colaborativo fructífero entre ambos escritores. Otra aportación se encuentra en la posibilidad de observar de manera directa el diseño visual del material publicitario de la obra, el cual contempla la marca tipográfica con la que se proporcionan los datos de dónde se montó la obra y de los actores del reparto. A esto se añade el registro de asuntos de carácter meramente técnico, como, por ejemplo, el nombre de la compañía que diseñó los muebles que vistieron la escenografía. Estos detalles se hacen todavía más interesantes por las fotografías intercaladas de los actores Carlos Ancira, Queta Lavat, o Ignacio López Tarso, entre otros, a la par del retrato del director de la puesta, Ignacio Retes, y del propio dramaturgo, quien muestra un rostro jovencísimo, lo cual permite advertir cómo, en ese momento, la nueva generación de escritores convivía con generaciones anteriores de artistas, lo que convierte a la edición en un material significativo de cómo se articulaba el campo cultural. Asimismo, el prólogo de José Antonio Lugo redondea lo valioso de la reedición, misma que arroja una nueva luz sobre la obra viva de Juan García Ponce.

La feria distante. Juan García Ponce
Prólogo de José Antonio Lugo
Editorial Odradek
135 páginas
