Por la Redacción
Auditorio Teopanzolco — La tarde del 3 de mayo, este recinto de líneas contemporáneas y memoria prehispánica se transformó en algo más que un escenario: fue un punto de convergencia donde cuerpos, acentos y disciplinas encontraron una cadencia común. Ahí tuvo lugar el UPA International Dance Competition en su sede Morelos, un encuentro que, desde su origen en 2004 en la Ciudad de México, ha buscado ampliar los márgenes de lo que significa competir en danza.
Hoy, con más de dos décadas de trayectoria, UPA se presenta menos como un concurso y más como una plataforma en expansión. Convoca a bailarines de más de 30 estados del país y a participantes de distintas regiones de América, en una mezcla deliberada de estilos —del ballet a la danza contemporánea, del hip hop al afro jazz, de los ritmos latinos a las danzas polinesias— y de generaciones que rara vez comparten un mismo foro. La competencia, en este contexto, parece casi un pretexto: lo que se despliega es una comunidad en movimiento.

A lo largo de la jornada en Cuernavaca, el escenario ofreció un mosaico coreográfico que evitó la uniformidad. Predominaron intérpretes jóvenes, pero no faltaron presencias de mayor trayectoria. Cada pieza proponía una forma distinta de habitar el espacio: algunas apelaban a la precisión técnica; otras, a una expresividad más cruda, incluso vulnerable. El público respondió con una atención sostenida, como si reconociera en esa diversidad una narrativa colectiva.
En un país donde las juventudes suelen ser leídas desde la urgencia o la carencia, la escena ofreció un contrapunto: vitalidad, disciplina y una voluntad de decir algo propio. No se trató únicamente de ejecutar pasos, sino de sostener una presencia. La danza, aquí, operó como lenguaje compartido y como territorio de afirmación.
Hacia el cierre, sin embargo, el tono cambió. Tras horas de aplausos y entusiasmo, un silencio denso comenzó a instalarse en la sala. Fue durante la presentación de Daniela Arteaga Valdepeña, quien llevó al escenario una pieza de danza polinesia —específicamente de Tahití— con una intensidad que parecía reorganizar la atmósfera. No hubo estridencia, sino concentración: una especie de atención ritual que suspendió el murmullo.

Su interpretación destacó por la precisión, pero sobre todo por su capacidad de encarnar una memoria. En sus movimientos se insinuaba algo más que una coreografía: una evocación de las formas en que los pueblos polinesios han sostenido sus prácticas rituales y su relación con el cuerpo a lo largo del tiempo. En ese momento, la danza dejó de ser exhibición para volverse experiencia compartida.
Arteaga Valdepeña, integrante del grupo Meherio y de Feti’a I Te Po, bajo la guía de Ana Valdepeña, obtuvo el primer lugar como solista en la categoría Stars. Su pase a la final internacional —que se celebrará en junio en la Riviera Diamante de Acapulco— la sitúa en un circuito que reunirá a ganadores de países como Panamá, Estados Unidos, Costa Rica, Argentina y Colombia.
Pero más allá de los resultados, lo ocurrido en Cuernavaca dejó una impresión menos cuantificable: la certeza de que, incluso dentro de una estructura competitiva, la danza puede abrir espacios de encuentro donde el cuerpo no solo ejecuta, sino que recuerda, dialoga y, en ocasiones, revela.