Limpias la porquería de los sementales justo cuando el calor rebasa los cuarenta y cinco grados. En ese momento, no obstante el hedor de los chiqueros, percibes algo indefinible. Frunces la nariz intentando precisar si se trata de una persona; por el simple olor identificas a cualquier ser vivo dentro del Rastro, pero ahora no es el caso. También piensas que alguien dejó a una marrana dentro del sitio. De igual forma, distingues entre macho y hembra por su humor; de inmediato rechazas la posibilidad, pues de sobra sabes que el chiquero de los sementales es un espacio sagrado. Recorres el lugar palpando las paredes con las manos. Lo mismo haces con el sitio destinado para cada criatura. Pero al final de la inspección sigues en las mismas. Un intruso, alguien o algo, está al acecho en el Rastro. Los sentidos no te engañan. Entonces deduces que se trata de un ave, pero descartas semejante idea, ya que habrías escuchado el mínimo batir de alas.
El calor continúa. Un bochorno excesivo está a punto de provocar el desmayo, pero logras sobreponerte. En medio de ese trance, los sementales comienzan a emitir quejidos lánguidos. Parece que una pesadilla les punza las carnes en pleno sueño. Después, el calor desciende con pesadez. Sólo queda el silencio. Aún no te repones de la sorpresa, cuando otra circunstancia, también extraordinaria, aumenta tu confusión.
Escuchas el instante exacto en que aquel ejemplar deja de respirar. Con el olfato descubres un cambio en el ambiente. El intruso se ha ido. Después, a gatas, sin importarte el lodo y el estiércol, te acercas al chiquero donde se encuentra la víctima. Extiendes las manos. Tocas aquella carne todavía caliente. De manera inexplicable, uno de los sementales yace sin una gota de sangre, a pesar de que su cuerpo no delata señales de herida ni indicios de que hubiera expelido el líquido por orificio alguno.
Esa misma tarde, en el patio del rastro, reconstruyes lo sucedido y absorto en el asombro, cuando de pronto percibes el humor natural de esa mujer, que se encuentra a unos metros de distancia y se dirige hacia ti. Hasta ese momento la matrona desconoce la muerte reciente del semental. Tiemblas de solo pensar que cualquier pretexto basta para provocar su ira.
—¡Apúrate! ¡Lo quiero rápido! –ordena, mientras se sienta en la silla de madera.
Como es tu costumbre, antes de cumplir con la faena, pasas la yema de los dedos por la rugosa piel de las botas. De esta manera siempre compruebas su estado, el cual, tratándose de la matrona, viene inevitablemente con plastas de lodo y estiércol. Primero lavas el calzado con jabón de calabaza y luego lo secas, como preámbulo de las subsecuentes aplicaciones de grasa. Al final, después del zip-zap que provoca el paso de la franela, y que acusa un lustrado reluciente, la mujer observa el trabajo y exclama:
—¡Bien, muy bien, animal! –A manera de pago, estampa la planta de la bota derecha contra tu pecho. Caes de espaldas.
“¡Cerda!” mascullas entre dientes, con el olor de aquella mujer, mezcla de hembra en celo y estiércol, emponzoñando tus narices.
La mujer desahoga cualquier contrariedad en tu persona. El desasosiego es permanente.

Con exactitud y parsimonia, aseas el área donde alimentan a los animales. Reconstruyes la cuadratura del espacio; distingues, a través del humor, el número de cerdos que han estado ahí antes de pasar al matadero. Con puro esfuerzo y rigor en el trabajo, apenas evitas la ira de la matrona; pero la mujer encuentra, siempre, la aguja en el pajar, el grano de azúcar en el tonel de sal. Esa mañana no es la excepción, pues en el momento en que vas a coronar la faena con un trago de agua, escuchas los pasos firmes de la mujer. “Ya se enteró de lo del pinche cerdo”, musitas aterrado.
—¡Con una chingada, animal! ¿Tragas agua para festejar que se nos fue otro semental?
Apenas balbuces un par de monosílabos en defensa propia; por toda respuesta, el silbido de un fuete traza una línea en el aire contra tu cabeza. El primero de cinco latigazos te raja la oreja izquierda. Al final la matrona exclama, sofocada:
—¡Ciego de mierda!
Estaban cicatrizando tus heridas de aquella reprimenda cuando, esa noche de primavera, las bestias despiertan a los trabajadores del Rastro con sus chillidos, como locos aullando al unísono. De nuevo te encuentras en una especie de desmayo provocado por el calor en ascenso. Nada ni nadie puede despertarte. Mientras dura tal estado, y estimulado quizá por los chillidos, tienes una visión pavorosa: cargas a un semental con ambos brazos; lo sujetas del vientre, con el lomo contra el pecho; enseguida, otro individuo cercena la cabeza del animal de un machetazo. El animal, aún decapitado, lanza un alarido terrible. El verdugo exclama: “Así es el chirriar de las puertas que abren el infierno”. Despiertas empapado en sudor.
—¡Me lleva la chingada! ¡Ya se peló otro semental!
Los gritos y amenazas de la matrona anuncian una realidad peor que la pesadilla. Después de aquella noche, la mujer es pura histeria. En un principio extrema su régimen de terror y, para mala fortuna, en la cacería de brujas termina por inculparte.
—¡Uno más, ciego de mierda…! ¡Uno más y te me vas a la chingada!
La sentencia te cala el alma. Al igual que el resto de los trabajadores, no entiendes la muerte de los sementales. Nadie se explica, tampoco, la terrible onda de calor que invade por aquellos días a la ciudad.
Mientras tanto, la mujer despide, con injurias y amenazas, a los veterinarios que pavonean su incompetencia en el Rastro.
En esos días la matrona recibe un oficio:
Estimada ciudadanía:
Reciba usted un cordial saludo del Gobierno de la Ciudad de México que, en colaboración con la Secretaría de Salud, lleva a cabo una importante campaña para combatir la terrible enfermedad llamada cisticercosis. Es de nuestro total beneplácito notificarle que esto se traduce en la aplicación de una vacuna, recién descubierta, cuyos resultados cuentan con el aval de nuestra comunidad médica y la aprobación de la Secretaría de Salud. Sin excepción alguna, todo animal porcino deberá someterse a la dosis requerida por esta campaña. Por supuesto, tal iniciativa no podría ser exitosa sin su valiosa colaboración.
De esta manera, el Gobierno de la Ciudad refrenda su compromiso de bienestar social con…
La mujer no termina de leer el documento; lo estruja y tira con desdén.
—¡Que se metan su pinche vacuna por el culo!
De inmediato, piensa en el monto de la mordida que debe pagar para ganarse el favor de los emisarios de la Secretaría de Salud. Pero, llegado el momento, cambia de actitud cuando se entera de que, durante la primera brigada de vacunación puesta en marcha en la zona oriente de la ciudad, ningún criadero libra la inspección.
—¡Si quieren vacunar a las marranas que lo hagan, pero a los machos, a esos nadie me los toca!
Durante poco más de una semana, la matrona se pasa con esta cantaleta día y noche. Intuyes que nada bueno te depara el asunto. Aciertas con el pronóstico.
Lustras el calzado de la mujer mientras ésta fuma un puro.
—¡Hasta ahora no hay nadie, me entiendes, animal, nadie en esta méndiga ciudad que me haya tocado un solo pelo! ¡Nadie que pueda presumir el haberme visto la cara! ¡Nadie! ¿Lo oyes, ciego de mierda?
La mujer mordisquea el habano, con una rabia manifiesta. Una vez que acabas con el lustre, la matrona exclama:
—¡Eres un perfecto animal! Y por eso te voy a dar una oportunidad, pero ay de ti si me fallas, cabrón.
Esperas el desenlace, sin atreverte a la mínima pregunta.
—Esa maldita vacuna se la van a meter por el culo. Óyelo bien, si quieren chingarse al Rastro entero, que se lo chinguen, pero a mis machos nadie me los toca. Y tú, óyelo bien, tú te vas a encargar de eso. Voy a meter a mis animales a la bodega del estercolero, y pa que no me hagan ningún ruido, los voy a dormir. Sí, adivinaste, tú vas a cuidarlos hasta que esos hijos de su puta madre se larguen.
Luego de una bocanada del puro, sentencia:
—¡Si me fallas te capo, cabrón! ¡Óyelo bien, además de ciego te dejo como a marrano de engorda!
La matrona ríe con estrépito. Un escalofrío te invade, pues hasta ese instante ignoras de lo que es capaz aquella mujer.
Dejas de dormir a partir de ese día; maldices como nunca a la matrona.
La noción de tu vida se reduce al Rastro. No conoces otro sitio e ignoras las causas que te atan de tal manera a ese lugar. Tu conciencia se limita a los sementales, a la mujer. La matrona te permite comer, literalmente, de la misma porquería con que alimentan a los animales. En esa prisión transcurren tus días, privado de la vista y la libertad. El pasado es una confusión de penumbra y vejaciones. Sólo sabes que la cancerbera tiene el derecho para quitarte la vida o cometer cualquier atrocidad contigo. Así lo has aceptado hasta entonces.
¿Quién podía impedirlo? ¿Quién estaba dispuesto al sacrificio a cambio de salvarte? Sin amigos ni alguien que se compadeciera de tu condición, ¿cómo esperar algo a cambio?… Nada, en efecto.
Dentro de ese sitio, te desplazas a cualquier rincón de tu elección, excepto al matadero, donde la matrona prohíbe el acceso. Por tal razón, imaginas que ahí existe una posibilidad para escapar.
A partir de que la mujer revelara la condena, conspiras salir del Rastro, librar la cárcel, pero ¿cómo?
Conoces a la perfección las dimensiones del lugar. En el contacto con el espacio conocido, tu sensibilidad capta la menor señal, cualquier indicio de riesgo de accidente.
Además, desde la muerte del primer semental ahora experimentas una facultad inusual de percepción; deseas comprenderla y dominarla con la mayor destreza. De manera inexplicable y a pesar de la debilidad visual, determinas la presencia y el volumen de cualquier cuerpo siempre y cuando se encuentre en un perímetro cercano. Si el olfato y el oído te alertan de la inmediatez de los objetos o seres conocidos, tu mente fija volúmenes, como una cámara interior capaz de precisar y descifrar tanto a un insecto como a un cerdo. A esto se suman las visiones que acuden a tu imaginación.
No obstante, nada de esto ayuda, de momento, para evitar la misión impuesta.
La matrona ordena tu encierro con los sementales del rastro, como a un puerco más. En apariencia, es una prueba bastante simple: velar por el sueño de una docena de animales narcotizados, mientras procede la inspección sanitaria ya inminente.
Esa misma mañana, el calor vuelve a alcanzar los cuarenta y cinco grados. Sigue en ascenso. Te derrites en vida. El sebo de los sementales impregna el ambiente; lo hace irrespirable.
Apenas te dejan a solas con las bestias, cuando descubres un invitado más. En el intento por delatarlo, apenas atinas a emitir un grito. Con los sentidos en alerta total, desesperas por el hallazgo, por su omnipresencia y voracidad.
En tal estado de postración, comienzas a sudar frío. En cuestión de minutos estás hecho un ovillo, tiritando por un acceso de fiebre. Tu cuerpo es un cubo de hielo en medio de un fogón. Los dientes te castañetean cuando los sementales comienzan a gemir, delirantes de su propio sopor. Con la presión en todo el cuerpo a peso de plomo, la sangre parece brotar por cada poro como si el ambiente, la más pura virulencia, te succionara el alma.
“No!… ¡No!” Piensas en el último segundo de vida, pero el ritmo cardiaco y el flujo sanguíneo vuelven a su cauce.
El intruso ya no está ahí. Otro semental ha muerto, sin una gota de sangre en las venas.
La matrona estalla en cólera apenas se entera de lo sucedido, pues aquel animal era su favorito.
A rastras y a punta de patadas, te sacan de aquel reducto. Por orden de la mujer, te encierran, desnudo, en el chiquero de los animales que van a caparse. Reconoces el lugar de inmediato, también la densidad de los cuerpos y objetos presentes, como un boceto de sombras. Adivinas la cantidad de bestias ahí reunidas y la disposición del espacio comienza a adquirir una lógica exacta. Pero esa portentosa revelación poco te consuela. El terror es total.
Pronto aparecerá la matrona, y con ella la tortura, la mayor de las vejaciones. En ese preciso instante, el mundo se te presenta en claroscuros. Presientes que en cualquier momento distinguirás el rostro de la matrona, tu verdugo, como parte de la condena.
A la mujer sólo le has tocado las botas. Por la voz, el tamaño del calzado y el tabaco que fuma, se te figura una persona de rasgos duros, entrada en años. Pero siempre queda la duda, pues también la percibes del perfil de una niña.
Cualquiera que sea su físico y fortaleza, ella desconoce que tu capacidad de visión sigue prosperando. Pronto sabrás con quién te debes de medir. Planeas fingir tu mundo de tinieblas y cuando menos lo espere, sin darle oportunidad a nada, vas a lanzarte contra ella.
En aquel sitio de inmundicia ocurre una visión más. Al momento en que el calor supera la barrera de los cuarenta y cinco grados, las paredes comienzan a arder; el fuego, de manera inédita, trepa por todos los rincones del Rastro; pronto alcanza a los animales que en aquel pandemonio aúllan como si anunciaran el advenimiento del inframundo.
A pesar de la expansión de aquellas llamas, de su voracidad y negrura extraordinarias, ninguna te lacera la piel. Es el momento para escapar, aunque la libertad invite, cruelmente, por un camino que conduce al matadero.
¿Y la matrona? Cómo te hubiera regocijado descubrirla echa una pira, a esa mujer, crepitando con toda su lascivia y crueldad.
La estridencia de una risotada te sobresalta cuando apenas asomas a la entrada del matadero. En su interior, un semental devora la mierda que la matrona recién defecó. Ésta, desnuda, tal y como la imaginabas, es una mujer recia, trepada sobre el lomo del animal.
Dentro del recinto aguarda el resto de los sementales, empalados por el ano sobre lanzas de madera. Están decapitados. Alrededor de este espectáculo, sus cabezas arden clavadas en estacas de dos metros de longitud. El suelo es un lago de sangre y mierda.
La mujer voltea a verte con una mirada de serena locura, a manera de bienvenida.
Todo tiniebla.
—¡Animal! ¡Se nos acaban de morir los sementales, sólo nos queda uno, ciego de mierda, uno solo!
Regresas de la pesadilla para enfrentar el tormento de la existencia: de la libertad de la alucinación, a la prisión de la vida. Ahí la matrona espera para hacerse justicia.
Entonces dimensionas claramente a la mujer. Aprecias cada uno de sus rasgos y de cuerpo entero. No es como la imaginabas. Después, la visión se difumina, pero recobras el sentido de nuevo. La matrona camina hacia ti. Tu visión es total. Se trata de una mujer madura, en efecto, pero del tamaño de una niña, de pies y manos grandes, con el peso del adulto en la mirada y la pisada. Aquella enana despide un hedor de hembra ansiosa.
Intentas estrangularla, lanzándote a su cuello. El esfuerzo de nada sirve para defenderte de la rápida y certera reacción de la mujer, fuerte como un toro; como una bestia y cuchillo en mano, te castra. Tu intento de rebeldía culmina en alaridos de dolor y terror.
En plena agonía, a espaldas de la matrona y como pregonera de la muerte, descubres aquella presencia que se desplaza intrusa, ajena a tu tragedia, en el matadero, dueña del Rastro, sin cuerpo ni rostro, auténtica culpable de aquel holocausto, pura voracidad dispuesta a beberse la sangre de la matrona y del último semental.