Duelo de mariposas: Por AAA

Un verdadero golpe de suerte, en definitiva, aquel empleo como velador cuya consigna se limita en atender la luz de la cera. Sí señor, algo tan simple como cuidar que aquellas veladoras blancas cumplan el ciclo para el que están destinadas, sin que nada ni nadie impida la combustión del pabilo. Es una misión acorde a tu perfil, de carácter sumiso, negado a la duda, acomodaticio a todo tipo de circunstancias y desdeñoso de la amistad.

Por aquellos días resultaba difícil conseguir un empleo más o menos remunerado. A la circunstancia había que agregar tu dificultad para lograr un trabajo, por la edad, ya hacia la sexta década, y sin el respaldo de oficio o profesión. Luego de tantos años de servir como vigía nocturno de una bodega de alimentos, la quiebra del comercio te había dejado fuera. Sin familia de por medio y libre de rendir cuentas a alguien, buscas por todos lados una ocupación similar. 

Una mente inquieta hubiera dudado, pero te detienes en seco ante aquel cartel discreto, pegado con cinta adhesiva sobre el portón de madera de aquel número 99, de la calle Correo Mayor:

Se solicita varón, entre los cincuenta y sesenta años, sin familia y dispuesto al encierro. Tel. 56961371. Contratación inmediata.

            ¿Cuántas veces no habías andado por ese tramo de la ciudad, sin reparar en la existencia del inmueble?, quizá lo lóbrego del edificio, una sombra de piedra en el entorno justificaba su furtiva presencia. A simple vista la fachada era tosca, sin ventanales ni intersticios; de una planta, con una altura de tres metros y techo en bóveda. Su estilo neoclásico era la pinta de una construcción del siglo XIX, aunque el deterioro y abandono general restaba estética al conjunto. Podía pasar como una bodega o un recinto religioso en franca decadencia. Se dejaba ver como un punto ominoso en aquella calle angosta, plagada de comercios y escaparates.

            Eran los años en los que todavía operaban los teléfonos públicos, a cambio de monedas. Después de leer el aviso y anotar el número, marcas en el primer aparato al paso.

            —Buenos días, llamo por lo del anuncio.

            —Lo esperábamos.

            Aquella voz de grave premura te da la bienvenida; sigue una serie concisa de condiciones laborales y tus honorarios. A todo dices que sí, sumiso a un interlocutor autoritario. Esperas la solicitud de requisitos que siempre te dejan al margen, como la documentación habitual, credenciales, antecedentes o cartas de recomendación. Nada de eso.

            —Si acepta, empezará mañana justo a la salida del sol. Debe presentarse en el sitio y con toda discreción empujar la puerta, que estará sin llave. Nadie debe acompañarlo, pues de lo contrario queda cancelado el contrato. Al interior del sitio, encontrará las llaves prendidas de la chapa. Tiene que encerrarse y no abrir a ningún intruso hasta que acabe el contrato. Al fondo del lugar, encontrará alimentos en la gaveta y refrigerador; sobre un panel de la gaveta, le dejaremos un sobre cerrado con la cantidad correspondiente al pago del primer mes. Con esta puntualidad recibirá su dinero cuando le sea entregada la despensa. En el día primero de los meses siguientes, justo a las seis de la mañana, tocarán a su puerta para dejarle lo que corresponde al mes, en ese paquete vendrá el pago siguiente. Con esa única excepción podrá abrir el lugar. ¿Alguna duda?

            —Ninguna… gracias.

—Lo principal es que una vez que esté adentro y se haya encerrado, de inmediato debe encender las veladoras que encontrará sobre el piso. En la gaveta que le comento, encontrará las ceras de repuesto y cajas con cerillos; una vez que se consuma la primera, tiene que cambiarla de inmediato. Confiamos en usted y si sigue al pie de la letra estas indicaciones, nunca lo dejaremos solo. Es un pacto de por vida.

Después de colgar el auricular, esbozas una sonrisa de ironía pues nunca te había preocupado la soledad. Quienes llegaban a conocerte, preferían seguir de largo ante tu carácter misántropo y hostil. El que prohibieran cualquier visita al sitio lo tomabas sin sentido, dado que tú no te permitías cercanía con la gente.

Al pie de la letra y a las seis de la mañana, con los claroscuros del arribo del día, empujas la puerta tal y como te pidieron. Una vez dentro, enciendes tu lámpara de mano ante una oscuridad impenetrable. Alumbras todos los sitios posibles, sin moverte, inquieto. Echas doble cerrojo a la chapa antes de recorrer el sitio, mismo que se te figura un mausoleo.

            Aquella construcción con techo en bóveda, como el interior de una iglesia, no posee intersticios que respiren al interior. Tu impresión es que el lugar había sido el sitio de adoración de algún dios pagano, en otros tiempos. Palmo a palmo das el visto bueno al recinto, pero descartado el baño de servicio con WC, regadera, el catre para dormir y la gaveta con los alimentos, para cuya preparación cuentas con un servibar y un horno eléctrico, el lugar se extiende sin divisiones ni mobiliario. Un par de puertas de gruesa madera de pino son la única vía de acceso o salida, mismas que no permiten resquicio de la luz del sol una vez cerradas.

            Tal y como te habían indicado, sobre un panel está un sobre cerrado con el pago en efectivo del primer mes. Por supuesto que en la mencionada gaveta se encuentran cajas con cantidad de cerillos más paquetes con veladoras nuevas, listas para iniciar su oración a la luz. La advertencia del contrato había sido contundente en una de sus cláusulas más rigurosas: nada debía alterar la flama de las velas; la finitud de cada pabilo tenía que sustituirse por uno nuevo, sin mayor demora.

            ¿Cuál era la razón para tener encendidas tantas velas? Qué importaba si con el sueldo de tres meses tendrías para vivir un año completo. Incluso con la idea de ahorrar al máximo tu ingreso, veías como una bendición no tener que salir del lugar durante el periodo de contrato, con la garantía de la referida despensa mensual.

            Contento por el dinero ya en mano, lo colocas debajo del colchón del catre; acomodas tus escasas pertenencias y después, durante unos minutos, contemplas aquel óvalo que integra noventa y nueve veladoras colocadas, de manera simétrica y perfecta, de un extremo a otro sobre el piso del recinto. Con una cajetilla de cerillos en mano, procedes a encenderlas, una tras otra.

            —Si eso quieren, así se hará.

            Desde entonces y hasta los tres meses, tu rutina consiste en caminar con las manos tras la espalda, cabizbajo, ubicando a las velas que van en declive. Como una especie de ritual involuntario, le dedicas una atención especial a toda flama moribunda. Incluso, logras medir tus horas de sueño de acuerdo con la permanencia de las noventa y nueve veladoras encendidas. Te sientes satisfecho por aplicarte con rigor a aquella misión.

¿Cómo y de dónde apareció aquella primera? Por más vueltas que le das al asunto, lo único cierto es que después de aquella mariposa de alas negras, vino otra y otra más y otra, como una auténtica plaga que termina por cubrir el techo en bóveda del recinto. Es vano cualquier esfuerzo por ahuyentarlas, además de que no tienen manera de escapar del lugar por la prohibición de abrir la puerta de acceso.

            En esa especie de cárcel, tumbado boca arriba sobre el catre, observas como se multiplica el mosaico de mariposas. De tal suerte, la luz de las veladoras sobre el piso contrasta con la gran capota de alas negras prendidas al techo. Una metamorfosis ocurre, como si el humo de las veladoras se materializara en mariposas o, mejor dicho, como si al consumirse cada veladora, cual oruga, su existencia se trocara en crisálida.

            Al comienzo de su invasión, te inquieta que su presencia afecte a los pabilos encendidos, pero su decisión por el techo despeja tu temor. Así transcurren dos meses. A mitad del tercero, a dos semanas de la conclusión del contrato, las mariposas comienzan a bajar del techo; proceden tal y como habían aparecido: una por una. Se colocan sobre las paredes, de manera que el espacio queda tapizado por aquellas alas negras. El detalle es que la bóveda sigue cubierta por sus alas.

Es un accidente, un desafortunado accidente, pues a tres días de que concluyera el contrato, después de que las paredes quedaran atestadas de mariposas y de que sólo el piso, con su ofertorio candente de veladoras, siguiera libre de su dominio, una mariposa decide volar desde el techo hacia la superficie, colocándose, justo, al lado de una veladora.

La observas revolotear y con la boca abierta, pues sus alas hacen vibrar la flama. Empujado por el celo de no permitir que nada altere el ritual, te diriges hacia esta con la intención de asustarla. La mariposa levanta el vuelo, pero no deja de revolotear hacia la veladora elegida. Desesperado y en el intento por alejarla, terminas por mandarla al suelo de un manotazo. Las alas de la mariposa se mueven con gravedad antes de perder la vida.

A partir de ese momento, el silencio se impone sobre el silencio. Un fuerte olor a meados comienza a impregnar el lugar. Las mariposas dejan la bóveda; ya no una por una, sino en tropel. A medida que desalojan el techo, un líquido viscoso y amarillento comienza a caer de éste.

Las mariposas terminan por cubrir la superficie y alrededor de las veladoras. Mientras esto sucede, permaneces de pie, con el asombro dando paso al terror por la acción de aquel líquido apestoso que gotea desde lo alto. Una vez que no queda una mariposa en el techo, se revela aquel embrión, enorme, que palpita vigoroso en el reclamo de una vida que lo ha despertado antes de tiempo.

Cualquier intento hubiera sido en vano para salvar la luz de las veladoras. Antes de que se te ocurra abandonar el recinto, aquellas alas de ónix rasgan la piel del embrión que las contiene para quedar en libertad. Asoma un cuerpo mórbido y fuera de proporción que comienza a agitarse en señal de rebelión para que todas las mariposas, al unísono, empiecen a revolotear dando fin a la última de las noventa y nueve veladoras.