La Biblioteca Vasconcelos. Por Vicente Revilla

Desde el misterioso Callejón del Aguacate, en el barrio de Coyoacán, tomé la Línea 3 en la estación Miguel Ángel de Quevedo rumbo a la zona de Buenavista, donde se alza la Biblioteca Vasconcelos. El edificio se levanta junto a un vasto complejo comercial, no muy lejos del quiosco de inspiración morisca conocido como el Kiosco Morisco.

Al cruzar el umbral de la biblioteca, una pregunta comenzó a acompañarme: ¿podría un libro —o incluso una biblioteca entera— contener alguna vez la respuesta a las intrincadas complejidades de nuestras vidas? ¿O éramos simplemente ilusos —idealistas— como aquellos “gentiles bibliotecarios” que Jorge Luis Borges imaginó alguna vez: vagando, confundidos, por los infinitos hexágonos de su biblioteca imaginaria, convencidos de que en algún lugar —oculta en el caos de las letras o enterrada en una lengua olvidada— la verdad, un único libro, podría estar durmiendo en silencio?

Ningún libro podría contener jamás las intrincadas complejidades de nuestras vidas, pensé. Éramos simplemente ilusos —idealistas— como los “gentiles bibliotecarios” de Borges: errantes y perplejos, deambulando sin fin entre los infinitos hexágonos de su biblioteca, persuadidos de que en algún punto —entre el desorden de las letras o en el silencio de una lengua perdida— la verdad, acaso un libro, podría reposar discretamente.

Años después, aquella búsqueda borgiana parecía tomar forma tangible en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México, diseñada por el arquitecto Kalach. Al recorrer sus corredores cavernosos, tuve la sensación de haber penetrado en una Babel contemporánea: futurista, austera, casi inhumana y, sin embargo, extrañamente hipnótica. Un lugar donde los libros parecen flotar entre entramados metálicos, suspendidos en una arquitectura que desafía la gravedad y la costumbre.

Allí, en el corazón mismo del edificio, cuelga el esqueleto de una ballena: Mátrix Móvil, la monumental escultura creada por Gabriel Orozco. Sus huesos se suspenden sobre quienes atraviesan la nave central, como si se tratara de un guardián silencioso que recibe a cada visitante que entra en esta catedral del conocimiento.

Mientras caminábamos por aquellos hexágonos, le comenté a mi amigo Alejandro Alonzo, autor de El Escultor, que la Biblioteca Vasconcelos me parecía una suerte de refugio para los libros impresos desplazados en la era de la inteligencia artificial: un asilo, en cierto modo, donde los volúmenes aguardan con paciencia la llegada de una nueva mente curiosa.

Es también un lugar singular, donde la esperanza puede deslizarse imperceptiblemente hacia la obsesión. Allí imagino a dos ajedrecistas ligeramente enloquecidos eligiendo una mesa apartada y comenzando a reconstruir, jugada a jugada, una legendaria partida del siglo XIX —la llamada Partida Inmortal— disputada por Adolf Anderssen y Lionel Kieseritzky. En aquella partida, los sacrificios se suceden —quizá un gambito de dama— como actos de fe, hasta que las piezas dejan de parecer simples fragmentos de madera y se convierten en vestigios de alguna lógica secreta del universo.

Allí podrían permanecer durante horas —quizá días, quizá una eternidad— estudiando variantes, corrigiendo errores imaginarios y reviviendo el frágil drama de aquella victoria imposible.

Pero la Biblioteca Vasconcelos es también el tipo de lugar donde un bibliotecario errante —como yo— no puede evitar imaginar los fantasmas de lenguas olvidadas flotando entre los estantes. Pensé en palabras del quechua como chirapa (lluvia bajo el sol) o misky (dulce), vocablos que parecen guardar en sí mismos pequeñas revelaciones del mundo.

En el relato de Borges —recordé haber leído— algunos habitantes de su biblioteca infinita creían hallarse al borde de una revelación. Sin embargo, la desesperación terminó por apoderarse de ellos. Buscaban febrilmente aquel libro único que contuviera el secreto del universo y, en su delirio, los gentiles bibliotecarios terminaron enfrentándose entre sí, llegando incluso a matarse por la mera posibilidad de que otro hubiera descubierto el sentido oculto de un libro.

Pero la búsqueda que habita en la Babel de Borges nunca fue una simple fantasía literaria. En ella resuena un impulso humano mucho más antiguo: el hambre inquieta de conocimiento que ha modelado civilizaciones enteras. Nómadas y viajeros como Ibn Battuta llevaron esa búsqueda a través de desiertos y océanos, mientras los eruditos la dirigían hacia los grandes santuarios del saber: hacia la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, donde la Epopeya de Gilgamesh fue grabada en tablillas de arcilla, y hacia la legendaria Biblioteca de Alejandría, fundada bajo la dinastía ptolemaica con la audaz esperanza de reunir el conocimiento del mundo en un solo lugar. Se dice que Alejandría llegó a albergar medio millón de rollos: una verdadera arca de la memoria que, como todas las creaciones humanas, terminaría por disolverse en el fuego, el polvo y el olvido.

Estos eran los pensamientos que me acompañaban mientras deambulaba por los vastos salones y jardines de la Biblioteca Vasconcelos. Al salir, me detuve un momento para contemplar la ballena suspendida, imaginando las migraciones de esa criatura junto a la larga peregrinación humana en busca de sentido: un viaje que siempre se ha desarrollado en algún punto entre la curiosidad y la locura, entre la fe y la duda, entre el silencio de los libros y las infinitas preguntas que la vida misma encierra.

Alejandro y yo abandonamos finalmente la biblioteca, conversando ahora sobre música mexicana: la célebre canción “Tipitipitin”, compuesta por María Grever, y la favorita de Alejandro, “Flor de Azalea”, interpretada por Jorge Negrete.

Imagen: Vicente Revilla
Vicente Revilla