Su sombra. Narrativa. Alejandro Alonso Aguirre

Ella está aquí con la voluptuosidad de la violencia en cada uno de sus movimientos. No resisto el embate; nunca puedo, a pesar de que mi espíritu se rebela para escapar de esa fiera furiosa.

No logro moverme. Esta condición me violenta. Trato de calmarme, pero es imposible. Reconstruyo todo. El sonido de sus pasos sobre la duela de madera de la estancia, siempre firmes con cada pisada. La oigo perfectamente. Ella se detiene husmeando mi escondite. Además de los pasos, también su olor, su humedad, el cabello espeso que desprende una fragancia de nardos. Me vuelve loco. Aguarda un momento antes de entrar al estudio, sabe que estoy dentro. Deja caer su falda al piso como le gusta hacerlo; se desnuda de las medias negras, segura de que mi imaginación sigue a tientas el movimiento de sus manos. Lleva su arte al extremo. Y mi paciencia es religiosa, de un condenado. Por fin abre la puerta y su cuerpo daña el escaso equilibrio que me queda.

Solo. La respiración cabalga en tropel al mínimo recuerdo. Imposible el olvido, siempre está viva en mis sentidos. Su deseo amarga mi paladar.

Como todas las mañanas, la vieja de carnes flacas entra en mi recámara sin pedir permiso. No quiero que me desnude. Es inevitable.

           —¡Válgame, joven! ¿Qué le pasó?

           —¡Yo…! ¡Yo…! –balbuceo sorprendido por los gruesos rasguños que surcan la piel de la ingle, por la llaga que aflora justo en la articulación del antebrazo izquierdo, y del par de arañazos que se desprenden a partir de este punto hasta la muñeca.

           —¡Señor, señor!

La vieja sale de la habitación dando de gritos; mientras, sigo anonadado por la travesía de heridas que imperan sobre mi cuerpo.

—¿Estás loco o qué diablos te pasa? ¡Además de que te doy todo para que nada te falte, de que te pago una enfermera para que te atienda exclusivamente a ti, ahora voy a tener que traer a un loquero!

           De nada sirve mi juramento de inocencia, de que le argumente a mí padre, como último recurso, que ella es la culpable.

           —¿Quién?, ¿qué dices?… ¿de quién hablas?… ¡si a esta casa solo entra esa pobre vieja y yo!… ¡No me quieras ver la cara…!

Siempre es impredecible. A veces aparece en mi recámara como por arte de magia; otros días asoma por la ventana. Cuando trato de dibujar algo en mi cuaderno, cuando una concesión de la parálisis me lo permite, brinco por su respiración repentina que percibo a mis espaldas. Quisiera defenderme, pero soy débil. ¿Quién es? ¿De dónde proviene? ¿Por qué me escogió a mí? ¿Por qué me atormenta? No sé nada… Nada.

¡Maldita! ¿Dónde estás? Te escondes porque sabes que voy a buscarte por toda la casa, que sigo cada una de tus huellas en la recámara. ¡Sé que existes! ¡Quiero matarte!

Hoy por la mañana, antes de que amaneciera, me arrastré hasta el clóset; lo hice sin ayuda, pero cuando traté de recargarme en unas cajas de cartón que estaban apiladas en su interior, éstas se desplomaron. Caí de bruces y, en la desesperación, jalé la ropa que pendía del tubo. Todo se me vino encima: prendas y ganchos. La cabeza estalló con un golpe seco contra el piso.         

     La enfermera, esa vieja de carnes flacas, me rescató después de varias horas de inconsciencia.

Silencio. Ni una palabra. Aparece como siempre. Su cuerpo, simple agresión. La observo. ¡Quiero gritar… gritar… pero el terror anuda mi garganta! Alcanzo a abrir la boca, a mover la lengua por encima de los labios, en un último intento desesperado por reaccionar. Ella es más rápida que mis instintos; se trepa desnuda encima de mis piernas, sobre la silla en la que estoy sentado, con el veneno de su humor de hembra. Encaja sus largas uñas de bestia sobre mis rodillas. Clava sus dientes en mi lengua cual rata hambrienta; la arranca de un mordisco. Ni ese dolor me permite el consuelo del alarido. Mi propia sangre me ahoga… Ella es insaciable… Bebe la sangre que me escurre a borbotones por el cuello y el pecho.

El siguiente paso es el manicomio. Sé que mi padre está desquiciado por lo que me pasa. Con dificultad relaté esta pesadilla en un párrafo. Nadie me cree. Es espantoso. Vivo al borde del abismo. Y si estoy en el abismo no me imagino un terror mayor. Todavía tengo una salvación, la vieja enfermera montará guardia a mi lado. Piensan que yo solo me flagelo, que me convertí en mi propio verdugo. Si logró recuperarme, evitaré la amenaza de otro encierro más deplorable. Es un alivio saber que no podrá sorprenderme otra vez, que antes tendrá que verse la cara con mi custodio. Si ella vuelve, la enfermera empezará a gritar. Estoy seguro.

La vieja de carnes flacas se la pasa insultándome. Dice que por dinero está conmigo y que le soy totalmente repulsivo, que no le importa confesar su desprecio pues sabe que no volveré a hablar, y en caso de hacerlo nadie va a creerle a un loco. La odio.

Ahora duerme la miserable… Yo no he conciliado el sueño… El tormento de mis pensamientos aumenta… Mi cuerpo es un recipiente de químicos y alucino… La veo desnuda a pesar de su ropa… Su carne es rugosa y del color de la putrefacción… Ningún vello puebla su cuerpo… Los pezones y los labios vaginales se le ven amoratados… Ríe… No… Duerme… Sí… Ríe… Ríe… Me habla y confiesa que ella es quien me ha seducido todo este tiempo… Quiero vomitar, vomitarle encima del rostro que ahora es una máscara de carroña… Quiero gritar que no es cierto, que miente… No es cierto… Nada es cierto…

La maldita enfermera no ha dejado de estar dormida…

Por fin el cansancio me vence, a pesar de que quiero seguir en vela hasta la muerte. La vieja ronca frente a mí. No logro moverme de la silla. La desgraciada me inmovilizó con una camisa de fuerza “…para evitar cualquier locura”. Cierro los ojos y una especie de entumecimiento se apodera de mí. Presiento que en ese preciso instante terminarán mis sufrimientos. Una sensación súbita de terror me electriza los nervios y al momento abro los ojos, pero ya no me encuentro en la silla. Estoy tirado sobre el piso hecho un ovillo, en posición fetal; continúo con la camisa de fuerza y por debajo de una mesa colocada en el corredor principal, varios metros lejos de mi cuarto. Pero este traslado inexplicable y repentino no es lo que me eriza la piel. Escucho su respiración, sofocada, anhelante, y ese olor a nardos se me cuela por la nariz como si aspirara veneno. Pese a la impotencia, giro la cabeza con el mayor de los esfuerzos y me topo, tras las espaldas y por encima del hombro izquierdo, con esos dientes de inmaculada blancura que reclaman mi piel.

Vuelvo en mí. Nada sucede. La vieja de carnes flacas dejó la habitación, pero no quiso librarme de la camisa de fuerza.

“No vayas a jugar al Houdini…” se burló antes de marcharse mientras le imploraba, con los ojos abiertos al máximo y el gesto de terror clavado en el rostro, que no me abandonara a mi suerte.

¡Ella está aquí, lo sé…! Era lo que esperaba, que la vieja se fuera. Forcejeo con la camisa, pero es inútil. Trato de gritar; con el esfuerzo avivo mis heridas. La sangre escapa de los labios; ésta es la peor de las provocaciones, la carnada para que salte la bestia de rapiña. Apaña mi espalda como el buitre sobre un animal de pradera. Con una mano me toma del cuello. Después, con las uñas comienza a acariciarme la columna vertebral, por debajo de la camisa. Estoy a su merced. Me desnuda. Cierro los ojos y pido al cielo que la pesadilla termine rápido. Las uñas se hunden con destreza en las costillas. Sin reparo prosiguen hasta las piernas.

Ni un grito. Silencio, el silencio de mi carne viva…

Ahora sé que deben creerme. Estas últimas horas serán suficientes para que se me conceda la razón. Tengo la piel del cuerpo hecha jirones. Sigo amordazado por la camisa de fuerza.

Por fin sé quién es ella; sé también que me dejó para siempre. La luz del alumbrado público entra por la ventana; despeja la oscuridad del cuarto. Me encuentro de espaldas a la luz y descubro, maldita mi condena, que todo refleja su sombra —la cama, el escritorio, la silla— menos mi cuerpo.

Escucho los pasos… los pasos que advierten la constitución decrépita de la vieja enfermera… Pronto abrirá la puerta y me descubrirá en esta condición de miseria… Ya adivino su grito de terror… Adivino mi sentencia…

Alejandro Alonso Aguirre