La voz de su hijo ya sonaba cansina, no hacía sino taladrar en la herida: mamá tienes que ir a cerrar las cuentas bancarias de papá, ya pasaron dos meses, ya es tiempo, no lo dejes para después. Sí, contestaba ella, mañana voy. Es que así llevas semanas —retiró un poco el teléfono de su oído para morigerar la voz que amenazaba alterarse—, luego vamos a estar en problemas. ¿Ya sabes cómo pagar la luz, el agua, la conexión a internet, la televisión, Sky, Netflix, y… todo lo demás? ¿Y tus cuentas má, ya revisaste? Acuérdate que no tienes que salir, todo lo puedes hacer por internet. Sí, ya sé que puedes, pero preferible que no salgas. Es más, a tus ochenta y tres creo que mejor sería que no manejaras, anda pensando en vender el carro (…) Sí, ya sé que tienes muy buena vista. Hizo una pausa y siguió; has resultado una madre muy difícil, ma. No quieres mudarte con nosotros, quieres seguir viviendo lejos de la ciudad, insistes en seguir manejando, nunca te ocupaste de cuestiones monetarias, de veras ma, te pasas (…) Pareciera que no tienes en cuenta que mi hermano y yo no estamos a la vuelta de la esquina, ¡son miles de kilómetros, mamá! —Doña Carmen ya se estaba exasperando y Daniel sonaba cada vez más impaciente—. ¿Por qué sus hijos dudaban tanto de sus capacidades?
Cierto, luego del accidente y la partida de Mauricio, muchas cosas tenían que cambiar en su vida, pero ella diría cuáles y cuándo, todavía no era una viejita chocha. Cierto, durante mucho tiempo tuvo la mira centrada en su entorno más cercano; la crianza de los niños, luego las rutinas silenciosas instaladas en casa, la atención cuidadosa de sus plantas y el marido. Pero junto a todo esto estuvo siempre su trabajo de décadas como traductora especializada en asuntos científicos. La editorial la apreciaba mucho. Y eso no era cualquier cosa. Pues sí, Mauricio siempre se había movido con gran facilidad en el mundo exterior, no por gusto era ingeniero civil; en su mente levantar puentes, diseñar carreteras, dirigir equipos, era lo suyo. Bien sabía ella que durante toda la vida juntos, Mauricio y ella habían establecido una división del trabajo familiar, un tanto obsoleta, pero funcional a su época y entorno, y todo fue ganancia. Mi generación cumplió un papel de bisagra, se decía con orgullo, al ver las mujeres jóvenes rompiendo el viejo patrón…, y los hombres también, claro.
Carmen emitió un profundo suspiro. Tendría pues que ir a cerrar esas cuentas. Una resistencia poderosa la detenía. Era como si cerrar cuentas, informar a diversas instituciones, responder mensajes y nombrar el terrible suceso, hacía más real lo real. Arrastrando los pies preparó acta de defunción, acta de matrimonio, documentos de identidad, tarjetas bancarias y salió con una sensación de estar traicionando a Mauricio, ir borrando sus huellas.
Nunca se le había hecho problema conducir el coche, y aunque no era nuevo, su Toyota Corolla, con sus quince años funcionaba perfectamente; algunas ralladuras de ardillas, caquitas en el motor, empaques reblandecido por el sol, y de vez en cuando una tembladera inexplicable, pero eso era todo. De lo más importante no se podía quejar.
Prendió las noticias en la radio e iba enterándose de todos los movimientos absurdos que estaba haciendo el sector más conservador y privilegiado de la población para detener la reforma del poder judicial. Una reforma a todas luces necesaria para erradicar, o por lo menos reducir significativamente la corrupción que lo tenía capturado: nepotismo, arreglos con el narcotráfico, jugarretas con el afán de mantener una serie de privilegios y de injusticia. Una cosa de nada, pues, se dijo con ironía. En eso estaba Carmen, siguiendo los acontecimientos. De vez en cuando se veía en el espejo, quería dar buena impresión a los ejecutivos del banco, algo así como una mujer actualizada y segura de sí. Se miró otra vez: el cabello casi blanco bien peinado, su cutis todavía sonrosado (había atinado con el color del maquillaje), los ojos apenas pintados porque no era necesario destacar los párpados caídos. Los lentes con un marco de carey le daban un aspecto muy interesante, pensaba, en fin, no estaba tan mal, nomás se le había abultado algo la barriga y medio que quería formársele una suave jorobita. A su edad no se podía pedir más.
Después de avanzar con facilidad varios kilómetros, el coche de Carmen se encontró en medio de un cuello de botella muy apretado, en la entrada de un desnivel recién estrenado. Ella no se amilanó, en su vida ya había pasado por innumerables situaciones parecidas, pero sucedió que por algún pequeño pestañeo el Toyota le dio un besito al carro de adelante, nada de qué preocuparse pensó ella, pero para su sorpresa la puerta del piloto del pequeño flamante BMW se abrió con violencia y salió un tipo de mediana estatura que no llegaba a los cuarenta, con cabello y barba roja, sumamente fastidiado. Haciendo aspavientos con los brazos señalaba el lugar en que el Toyotita le había rozado, se tiraba del copete con fuerza hacia atrás y en los ojos mostraba chispas enardecidas. Cualquiera diría que había sido un trancazo. Carmen miraba todo como si estuviera viendo una película sobre algún loco. Mientras lo observaba con cierta condescendencia, se abrió la puerta del copiloto y salió su mujer, toda esmirriada ella y no muy alta, sus cabellos lacios y ralos enmarcaba un rostro pálido, sin carácter, preocupado por mostrar un acompañamiento cómplice vergonzante a su iracundo marido —Carmen todavía se dio el lujo de calificarla como un tipo de mujer no actualizada—. Era para no creerse, tanto lío por ese besito.
Bajó la ventana, sacó la cabeza y le dijo a barba roja con voz amable y gesto sonriente: ¿Le hice algo? —trataba de bajarle la furia, pero parece que el efecto que logró fue el contrario—; el tipo respondió subiendo más la voz, y, deleitándose en su propia irritación, gritó inflando el pecho y golpeando cada palabra: «No sé, no puedo ver, tengo que separar el coche», y como si fuera poco y deseando que todos se enteraran gritó con saña de hombre mediocre acomplejado: «Pero si ya no puede manejar, no maneje» y repitió «Ya no maneje». Ahora sí que Carmen sintió todo el peso del lodo y las piedras haciendo tiras su exiguo orgullo y desvanecida vanidad, que era lo único que la estaba sosteniendo en esos aciagos días. Y mientras trataba de sacudirse el fango, la mujer de este fulano la miraba muy asustada, como advirtiéndole sobre lo malvado y peligroso que podía ser su marido, aunque con sus ademanes quería dejar bien claro que ella estaba totalmente de acuerdo con él. A Carmen no le cabía en la cabeza tanto jaleo por tan poco. Primero decirle vieja inútil, porque eso era lo que quería hacerle saber y segundo, presenciar la cara de sufrida y atormentada de su mujer. Pobrecita, se dijo, con ese energúmeno. Una chica con mayor nivel de consciencia ya lo hubiera mandado de paseo.
Después de separar el carro y constatar que nada le había pasado a su flamante mini BMW, el tipo subió a su coche y casi llevándose de bandera a su espantada mujer, desapareció con escandaloso chirrido de llantas por la vía ya desbloqueada, dejando a Carmen con una sensación de vulnerabilidad extrema.
De por sí acudir al banco le significaba buena cantidad de estrés, y encima esto. Bueno —se sacudió, quizás es una señal que me da la vida para ir pensando en dejar de conducir—, aunque no salía de su asombro por tanta rabia emanada por ese humano masculino y cuánto miedo y sumisión por el humano femenino. Seguro él andaba en sus días malos. Perpleja, Carmen, tomó nota de los odios insólitos que podía despertar —nunca le había pasado, sería por su imagen de la cuarta edad—. «Que si no podía manejar ¡Ya no maneje!», había gritado el mal nacido. Solo le faltó terminar con ¡Vieja tonta! Cuánto encono gratuito le había caído y de manera tan inesperada. Sería cierto lo que le dijo su amiga, que los hombres estaban muy molestos, es más, que estaban en crisis —puso los ojos redondos y luego los labios hacia abajo— parece que sí están en crisis los pobrecitos.
El banco estaba en el Centro Financiero y este quedaba al lado del Centro Comercial. Carmen pensó, todavía un poco aturdida, “mejor me estaciono al interior del Centro comercial y salgo caminando al otro centro”. Y así lo hizo. Caminó hacia el banco con paso inseguro y rostro temeroso. Ingresó como si estuviera en falta, como si no tuviera permiso —ella también se sintió en crisis—. Miró de lejos al ejecutivo número 4 que le habían asignado para realizar su trámite y tuvo que hacer mucho esfuerzo para no darse media vuelta y regresar otro día; el fulano tenía cara de pocos amigos. Era algo que nunca le había afectado, pero su dosis de comprensión y buena disposición se le estaba acabando. Recurrió al mínimo de dignidad que le quedaba, lo menos que quería era parecer una viejita asustada. Se sentó a la espera de ser llamada. Aparentar gran seguridad era su prioridad. Cuando la llamaron se levantó muy erguida, la barbilla altiva y el entrecejo fruncido, tomó asiento y miró con gravedad a los ojos del ejecutivo, pero esta pose no le duró mucho tiempo porque cuando el empleado le preguntó en qué podía ayudarla, ella se acercó y casi en un susurro le respondió: —Vengo a cerrar la cuenta de mi marido por defunción—. No le escucho señora. —Por defunción—, repitió con voz temblorosa y aclaró la garganta incómoda. Él suavizó el gesto y respondió: —¿Me da los documentos de identificación de ambos y las tarjetas de su esposo, por favor?— Luego se concentró en la pantalla unos minutos para inmediatamente voltear y con una dulce e inesperada complicidad dijo: —Mire, Carmencita, —ante ese diminutivo ella no supo qué pensar, primera vez que le sucedía de un empleado, confianzudo el caballero, pensó— no puedo cerrar la cuenta hasta que usted no se gaste todo los puntos acumulados en esta tarjeta —Y con una enorme sonrisa le guiñó un ojo, y dando por hecho que se sabía el número de identificación personal, terminó: c—Cuando la tarjeta esté en ceros, regresa—. Con mirada de sorpresa y medio sonámbula, Carmen, agradeció y se despidió.
Ya en el coche repasó la mezcla de condescendencia y calidez que había caído sobre ella. Una especie de vacío y dulce pena la invadió. No sabía qué pensar, era como si estuviera transitando rápidamente, sin advertencias previas, hacia otro estadio de sí misma. Luego de zarandear la cabeza y salir del banco se dispuso a cumplir con lo que le habían indicado. El problema era que del nip no tenía idea. No se lo dijo al ejecutivo por vergüenza, con toda seguridad pensaría que su difunto esposo no confiaba en ella, así es que su primer pensamiento fue acudir a otra sucursal a hacer la operación, pero cuando estaba por arrancar se le vino a la mente algo que había escuchado a su marido: que su forma de no andar cargando con tanta contraseña era ponerle a todas sus tarjetas el mismo nip y —esas cosas del subconsciente— a continuación apareció en su pantalla mental el número 3553. Ahora lo recordaba clarito porque era muy simple. “Tengo que probarlo”, se dijo y sin pensarlo más se dirigió al centro comercial.
En su mente, Carmen, hizo una pequeña lista de lo que necesitaba. Ella no era consumista, antes de comprarse algo tenía que hacer circular, regalar, aquello que ese algo iba a reemplazar. Con esto se evitaba sentimientos de culpa con el planeta, con la gente necesitada, y consigo misma, así pues, su lista no era muy larga. Por otro lado, no había preguntado a cuánto ascendía el monto que debía gastarse y esto porque no fuera a creer el ejecutivo que ella era una interesada, así que tenía que comprar cosa por cosa hasta que alguna cajera le dijera: ya no le alcanzan los puntos, señora. Primero escogió un par de zapatillas muy cómodas y bonitas, ni se fijó en el precio, cuando llegó el momento se mostró muy confiada en hacer su pago (por dentro la duda la estaba matando, ¿realmente ese era el nip?). Le atinó. Honda respiración. Arreglo de cuello y columna y a seguir comprando. Al saberse con ese regalo caído literalmente del cielo, se le fue todo pudor y empezó a buscar ropa interior fina y adecuada a su edad, cremas faciales, lápices labiales, una báscula, otras zapatillas, un bolso, un pañuelo de seda, y así, esas cosas que si no se las regalaban, ella no las compraría nunca. Pero le seguía perturbando no saber de cuánto era el monto, así que se llenó de valor y se acercó a una cajera y le dijo, disculpe no traje mis lentes, no puedo ver mi aplicación y no sé a cuánto asciende el monto de mis puntos, ¿los puede ver por mí? y la cajera, muy amable, la puso al tanto. Le dijo, le queda tanto, hace muy bien en gastárselos porque dentro de una semana esa tarjeta ya no va a tener valor. Ante eso a Carmen no le quedó la menor duda de que era un regalo de su marido desde el más allá. Siempre le decía, no te preocupes por el dinero, así era de lindo. Las señales estaban muy claras: primero que el ejecutivo del banco le diera la oportunidad, segundo que se acordara del nip, tercero que las compras las hiciera en vísperas de que la tarjeta dejara de tener valor. Demasiadas coincidencias, sincronismo diría Jung. Ahora, Carmen estaba segura de que después de la muerte había vida.
Luego de gastarse todos los puntos, cansada y cargada de regalos, lo único que quería era llegar al coche y partir hacia su casa. Llegar al coche, llegar al coche… pero ¿dónde estaba el coche? Hizo un alto para ordenar sus pensamientos; no sería difícil encontrarlo ya que había estacionado cerquita de la entrada. Paseó la vista por donde tenía que estar y no, no estaba. “Quizás esta entrada no es la misma” pensó, distinguió un ascensor, entró y vio que había niveles arriba y niveles abajo. “Seguro el coche está en el piso más bajo” pensó y para allá se fue. Recorrió todo el piso y del coche, nada. A ver, un Toyota Corolla viejito, blanco; nada. “Seguro lo dejé en el piso siguiente”, salió del ascensor, dio una vuelta por ese nivel sintiendo que entre las bolsas y la cartera estaban haciendo leña su hombro y de los pies ni qué decir, su caminar era de pato en bamboleo. Nada. Intentó seguir buscando valiéndose de las escaleras que le daban más perspectiva, nuevamente dio una vuelta por el nivel superior, nada, subió nuevamente las escaleras y ya medio desesperada tuvo que reconocer que no estaba su coche. Y al minuto siguiente, totalmente desesperada, se plantó en medio de ese nivel, depositó sus bolsas en el suelo y a punto de rendirse y soltar el llanto, se le apareció un vigilante: —Buenas tardes señora veo que busca algo—. —Sí señor, mi coche, un Toyota Corolla blanco viejito, no logro encontrarlo—. —Vamos a ver, dígame, usted, ¿entró al estacionamiento y subió o bajo? —En ese momento Carmen no sabía a ciencia cierta qué había hecho primero—. No, pues no estoy segura y es que luego he subido y bajado varias veces—. Bueno, no se preocupe, cuando estacionó el coche ¿se fijó en el color de las columnas?, ¿Cómo las vio verdes, amarillas, rojas, o sin color?— —No, pues, la verdad no vi las columnas —la vergüenza ya coloreaba sus mejillas—. Está bien, no se altere, por casualidad no vio si se trataba del nivel A, B, C o D?— —No, señor vigilante, no me fijé—. “¿En qué estaría pensando?, ¿cómo no me di cuenta de nada?”, pasó saliva y puso cara de estar en la luna.
El vigilante, un hombre de unos cuarenta la miraba tremendamente apenado, en sus adentros pensaba, “esto es a todas luces Alzhéimer”. Repasó lo que habían vivido con su padre no hacía mucho: olvidos, confusión, deterioro cognitivo y quién sabe qué tantas cosas, pero esta señora por lo menos tiene dos indicios, de eso ni qué dudarlo. Mientras que Carmen, en su cansancio y aturdimiento lo único que quería era sentarse y descansar un poco y no darle mucha entrada al señor vigilante. Temía que si empezaba a hablar iba a terminar en un mar de lágrimas contándole que la habían llamado vieja inútil, que su marido le había hecho regalos desde el más allá y que todo eso la tenía muy conmovida. Felizmente al vigilante se le acababa de ocurrir una brillante idea: —Mire, vamos a ir de nivel en nivel y usted va tocando el botón de alarma de su coche, deme sus bolsas, yo se las llevo. Mi nombre es Jaime, trabajo aquí—. “Oh, Mauricio querido, hasta me has enviado un ángel a ayudarme”, pensó agradecida Carmen.
Y así lo hicieron, fueron de piso en piso y en una de esas, muy a lo lejos, escucharon el sonido del coche. Los dos se miraron sonrientes. —Por allá—, dijo el ángel guardián. Ese allá sonaba en otro piso, se dirigieron a las escaleras y mientras el ángel subió con las bolsas en menos de un minuto, Carmen, con el corazón casi afuera, jadeando, resollando, llegó al piso superior. “Y ahora no vaya a ser que me le dé un infarto”, pensaba el ángel, “es un peligro que maneje en ese estado”. Finalmente llegó y con el oído atento al siguiente silbato ambos exclamaron “¡Ahí está!” Estaba donde lo había dejado, ahora lo recordaba, cerca de la puerta que daba al Centro Financiero. Cojeando llegó al coche, acomodaron las bolsas en el asiento posterior y cuando ella volteó para agradecer al vigilante, éste ya estaba sentado en el asiento del copiloto.
—Es mi hora de salida —le dijo—, ¿podría dejarme a unas cuadras de acá?— —¡Claro, con mucho gusto!, —soltó Carmen deseando pagarle el favor, sin embargo, se le hizo un poco raro el desparpajo: “¿será que quiere ver si soy capaz de conducir? No creo”. Apenas partieron, él preguntó: —¿Y hacia dónde vamos señora? —Y mientras ella le indicaba vagamente el rumbo él prendió su celular. Ese gesto la hizo ponerse en alerta, ¿será que me va a secuestrar? Pero en el acto retiró lo pensado, se estaba dejando llevar por tantas historias de delincuentes que había escuchado. No, no tiene cara de secuestrador. Y las voces en su cabeza no le permitieron respetar un rojo sin consecuencias, inmediatamente miró al ángel con sentimiento de culpa, pero este hizo como que no se había dado cuenta, seguía con su teléfono. Carmen lo observó de reojo y su expresión había cambiado: ceño fruncido, boca muy apretada, mirada inquieta y golpes duros sobre el celular. “¡Ay Dios —se dijo— qué estará tramando y con quién! Quizás no es un secuestro, debe ser un robo”. Lo de ángel, ya nada. Mientras, el vigilante, visiblemente alterado guardó su teléfono y siguió con la cara larga. Eso la puso a ella más incómoda todavía y, distraída, no se puso a la derecha como debía al escuchar una ambulancia que ululaba atrás. Jaime la miró muy serio y su rostro cambió de enojado a pensativo. Convencido, ahora sí, que ella estaba en los inicios de Alzheimer; se debatía entre si dejarla conducir y bajarse, o llamar a algún familiar o llevarla él mismo. En realidad, no sabía nada de ella, ni su nombre, ni cómo reportarla si fuera necesario. Así que le preguntó con mucha cautela:
—Y, dígame señora bonita, ¿cuál es su nombre? —lo dijo de la manera más amable tratando de ser muy natural e inofensivo, pero no tuvo éxito. No hubiera pronunciado la palabra «bonita», eso le sonó a ella como demasiado condescendiente. ¿Pero qué le está pasando a los hombres que se tomaban tantas confianzas? Le dio su nombre, muy seria. Pero el vigilante Jaime no tomó nota de su incomodidad, así que siguió: —Mmm, señora, estoy pensando que sería un poco imprudente dejarla que se vaya sola, mire, ya está cayendo la tarde. ¿Le parece si yo conduzco? —la voz le salió algo ronca y cortada—, Carmen se puso tiesa por un momento, a su cabeza le regresaron los casos de secuestros que le habían contado, pero a estas alturas era incapaz de parecer tan mal agradecida, además era muy consciente de su nerviosismo. No lo pensó más y le dijo: me parece bien, se arrimó a orillas de la calzada, abrió la puerta y como un corderito dio la vuelta y se sentó en el lado del copiloto. El vigilante soltó un respiro de alivio y reinició el viaje con toda confianza. —¿Y a dónde vamos mi querida señora? —Un mar de dudas la capturó, la hundió y la sacudió. ¿Le daba la dirección? En sus adentros surgió Padre nuestro que estas en los cielos…, mientras que Jaime esperaba y pensaba,” ya se olvidó la dirección”. Pero Carmen decidió confiar y con voz decidida se la dio. Jaime respiró aliviado, por lo menos sí sabía dónde vivía.
Una vez al volante, los ademanes del ángel guardián dieron un vuelco; se tornaron tan decididos, firmes y dueños de la situación que llevaron a Carmen a confirmar su duda: sí, es un secuestrador. Y al instante por diferentes esquinas de su mente surgieron, azuzándola, tanto dicho acumulado: Las apariencias engañan… Cuidado con los lobos disfrazados de corderos… Quien no quiere ver no ve… No todo lo que brilla es oro… Piensa mal y acertarás… Caras vemos, corazones no sabemos… y más. Sin embargo, y bendito sea Dios, también surgieron algunos de otro talante: El corazón ve lo que es invisible a los ojos… Déjate llevar por tu intuición…y finalmente: A lo hecho, pecho. Al mismo tiempo Jaime iba repasando el comportamiento de su padre en su primer estadio de Alzheimer.
De rato en rato Carmen lo observaba disimuladamente; su uniforme era gris y tenía las siglas del centro comercial, tenía un bulto que bien podía ser un revolver al costado derecho del pantalón, y su celular no dejaba de emitir ruidos de mensajes. Luego surgió la llamada, clara y fuerte que hizo volcar el corazón de Carmen. Listo, se dijo, ya se van a poner de acuerdo sobre qué hacen conmigo. Él iba poniendo cara de fastidio hasta que aprovechando un semáforo en rojo decidió atender con un gruñido. Al parecer quien estaba al otro lado entendió muy bien el gruñido y respondió con otro gruñido y continuó con un largo discurso al que Jaime acompañaba con leves sonidos de fastidio. Él escuchó ajustando
los labios y respondió en el mismo tono: “No, de ninguna manera. Dame una hora. Yo te marco”, y apagó el teléfono. Listo, se dijo Carmen, me va a dejar en casa y se va a llevar todo lo que le sea de valor, luego él lo va a llamar para que lo recoja. Y se puso a pensar qué podía tener de valor, en realidad ya no tenía gran cosa y respiró con alivio, pero en eso él le pregunta:
—Y dígame señora, ¿está usted viviendo sola?, por su acento parece extranjera, ¿argentina, quizás?
—No, claro que no. Yo vivo con Roberto —Carmen no mentía, vivía con Boby, su perro, pero no le iba a decir eso ¿verdad?
—Ah, me da gusto porque no es bueno que viva sola. Ya ve cómo están las cosas.
Mientras Jaime conducía y hablaba Carmen estuvo manipulando su teléfono tratando de llamar al 911, pero necesitaba sus lentes y todo esto iba a ponerla en evidencia. Decidió no insistir, pero ya llegando a su casa vio unas vecinas conversando en su calle, entonces se le ocurrió hacerles la señal de «Ayuda», que hacía poco la había aprendido por un anuncio de la Secretaría de Bienestar dirigida a cualquier mujer en apuros. Levantó su mano derecha con los dedos estirados a excepción del pulgar que iba doblado hacia adentro. Esa era la forma, pero sus amigas la vieron y con la mejor de sus sonrisas le hicieron adiós y siguieron conversando.
—Es aquí —la voz de Carmen apenas si se escuchó. Jaime estacionó el coche en el garaje, bajó, dio la vuelta y abrió la puerta del copiloto.
Carmen bajó como castigada, inmediatamente salió a recibirlos Boby moviendo la cola y saltando de alegría. Jaime no comentó nada. Ella lo hizo pasar a la salita y al ver que estaba llamando por teléfono pensó: Ya, ahora va a avisar que llegó y que vengan por él y luego quién sabe qué va a pasar. Un sudor frío le recorría su columna vertebral mientras sentía los pies como plomo.
—Muy acogedora su casa —Jaime trataba de ser simpático y confiable, pero con eso no hacía más que alimentar los prejuicios de Carmen.
—Hola amorcito —dijo Jaime susurrante acercando la boca al teléfono, ya llegué, no está muy lejos de casa de tu tía, si estás lista podrías venir a buscarme. Y, ¿qué pasó con Joel, me obedeció o se fue de todos modos? (…) Ah, qué bien, sí, es que hay que ponerle el alto de vez en cuando, me alegro (…) Bueno, en diez minutos cariño, te espero.
Al escucharlo, todo cambió en la cabeza de Carmen. Nadie que está a minutos de hacer una maldad puede decir «Hola, amorcito» con esa voz aterciopelada y cálida. Inmediatamente lo invitó a tomar un café.
