Por Redacción:
Cuernavaca, Morelos. En las montañas de Buenavista del Monte, al norte de Cuernavaca, el cultivo de café ha encontrado un respiro. Allí, un grupo de diez pequeños productores impulsa la siembra y producción de cafetales de manera artesanal, con el objetivo de consolidar un sello que distinga la calidad de un grano local con historia.
El biólogo, Hugo Monje, productor y representante de la organización, recuerda que desde hace más de cuarenta años familias de la zona cultivan, cosechan y consumen café en procesos tradicionales: tostado en comal de barro, molienda a mano, consumo comunitario. Hoy, el reto es transformar esa herencia en una alternativa económica para la región.
Un grano con identidad
Monje produce café de la variedad Caturra, una mutación natural del café brasileño introducido en México en la década de 1940 y ampliamente cultivado en Colombia. “El agua, la tierra, la altura y los cuidados son lo que definen la personalidad del grano. Nuestros cafés tienen acentos cítricos y achocolatados: un sabor delicioso”, explica.
Los productores venden principalmente a tostadores, quienes aportan matices adicionales en la preparación. “Es un orgullo ver el resultado de un año de espera en el cultivo. La gente que lo prueba confirma su calidad”, añade Monje.
Condiciones ideales, tradición olvidada
Cuernavaca, conocida como la “Ciudad de la Eterna Primavera”, ofrece un entorno propicio para el cultivo del café: altitudes superiores a los 1,200 metros, suelos ricos en materia orgánica, sombra natural por la vegetación arbórea, abundante pluviosidad y temperaturas frescas en la zona norte.
De hecho, hay registros de cafetales en la ciudad desde 1897, cuando la inauguración del ferrocarril por Porfirio Díaz coincidió con la presencia de plantas en el parque Melchor Ocampo. Todavía subsisten ejemplares en el Jardín Borda y en casonas antiguas, así como en poblados como Santa María, Tetela del Monte, Tlaltenango, Chamilpa, Ahuatepec y Buenavista del Monte.
En este último, los cafetales se introdujeron en la década de 1980. Manuela González recuerda que su padre sembró las primeras matas en su traspatio, procesándolas artesanalmente y compartiendo el café con vecinos. Desde 2010, los productores locales han impulsado la variedad Caturra, que se adapta bien al clima, es productiva y ofrece notas de cítricos, frutos rojos y chocolate.
Café y futuro económico
A escala global, se consumen entre 2,25 y 2,6 mil millones de tazas de café al día, lo que convierte a esta bebida en la segunda más popular después del agua. Para los productores de Cuernavaca, esta demanda es una oportunidad.
“Con apoyos adecuados —plantas de calidad, capacitación, promoción y distribución— podríamos desarrollar una actividad agrícola noble, con beneficios económicos, sociales, culturales y turísticos, además de generar empleos en la zona norte de la ciudad”, insiste Monje.
En 2017 los caficultores comenzaron a solicitar respaldo institucional. No fue sino hasta este año cuando recibieron un primer reconocimiento: fueron invitados al evento “El arte del café de Cuernavaca”, organizado por el ayuntamiento.
Una apuesta por el campo local
Los productores insisten en que, con un respaldo sostenido, la caficultura podría convertirse en una alternativa económica viable para Cuernavaca, una ciudad que no figura aún en el mapa nacional del café, pero que cuenta con una tradición centenaria y condiciones naturales privilegiadas.
“Lo que pedimos es apoyo. El café puede convertirse en un motor económico y cultural, y para muchos de nosotros es, sobre todo, una manera honesta de vivir”, concluye Hugo Monje.
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