Dos relatos. Juan Alberto Osorio. Perú

INAUCIS

Había llegado en el tiempo casi exacto. “Salimos a las nueve y estamos a las doce, señor”. Al descender del ómnibus, salió a la sala de espera del terminal terrestre y se entretuvo caminando por los pasillos. Llevaba un maletín de cuero colgado en un hombro sobre un grueso saco café, reservado para estos viajes. Pasó tantas veces por esta ciudad, que resultaría imposible precisar cuántas, pero no tenía un recuerdo concreto de ella.

Todos sus viajes, entre el sur y el norte, en ómnibus o tren, habían pasado por este lugar, en el que, sin embargo, nunca se había detenido por más de diez o quince minutos. El tren bordeaba la parte antigua de la ciudad, aunque era poco lo que podía verse. Cuando ingresaba procedente del sur, era la campiña la que se ofrecía hermosa y amplía, con la vegetación y los árboles subiendo con porfía los cerros cercanos. Cuando en las proximidades se insinuaba la ciudad, ésta era de pronto borrada por inmensos eucaliptos que bordeaban la línea férrea y por los altos y gruesos muros del cementerio. Así, con lentitud, el tren ingresaba a la estación.

Al continuar hacia el norte, el convoy salía bordeando un malecón, dividido por un elevado puente de fierro que cruzaba las líneas por encima de los vagones. El malecón era alto, y desde las ventanillas sólo podían verse sus muros de piedra labrada, y arriba, apenas, el barandal uniendo los balaustres de piedra. Solo cuando el malecón desaparecía, el tren surcaba próxima a varias cuadras de casas, y se podían observar las últimas calles transversales de la ciudad, que terminaban al pie de elevados y verdes cerros, en apenas cuatro o cinco cuadras. Al otro extremo, el río se desplazaba lento y rumoroso en la amplitud de su cauce, y más allá, los cultivos y los frondosos árboles, cubrían ese terreno llano. El terminal terrestre, en cambio, había sido relegado a una zona de expansión urbana, en la banda occidental del río, y se accedía a ella por tres largos puentes. En los minutos que recalaba, le gustaba observar este valle agradable. Pese a esas sensaciones gratas, afloradas en él, sin forzamiento alguno, cada que pasaba por aquí, hoy se sentía algo desconcertado, sin llegar a precisar el motivo, que se perdía, dejando una inquietud, en la vaguedad de las sensaciones que a veces nos tocan sin que las advirtamos.

Se distrajo observando algunos productos en los quioscos. Compraría algo a su retorno. De pronto se topó con una gradería de madera y un anuncio de restaurantes. Almorzaré, decidió, y subió los peldaños. “De Inaucis a ese lugar, los carros salen cada media hora, señor, y el viaje es de solo dos horas”. Tengo tiempo, pensó mientras esperaba le atendieran. Aún antes, llegado al segundo piso, cuando empezaba a ver a cuál de los restaurantes ingresaría, una muchacha lo tomó del brazo, y sonriente, lo introdujo hasta esa mesa desocupada, y lo dejó sentado en una silla. ¡Caray!, así tratan a los clientes, dijo, sonriente también, mientras se acomodaba, y la muchacha hacía el pedido en voz alta.

Ya de regreso, en la sala de espera del terminal, tomó asiento, y sin interés, se dispuso a observar. Desganadas se sucedían las imágenes en la pantalla gigante del televisor. Por la prisa que llevaban, distinguió a los pasajeros que se iban. Luego de haber descansado y revisado con la vista las pequeñas agencias de transporte, se dispuso a comprar su pasaje. Faltaba poco para las dos de la tarde. Se aproximó a una ventanilla. “No hacemos servicio a ese lugar”, fue la apurada respuesta de una muchacha bastante atareada, que sin fijarse en él, revisaba un fajo de papeles impresos, pasándolos rápidamente con el índice derecho. Molesto siguió a otra agencia y se encontró con un hombre joven que acomodaba paquetes y bultos, en  un estante metálico y, también sin mirarle, y después de haberle hecho repetir el nombre del lugar, movió negativamente la cabeza, y continuó con su trabajo, como si no le importará en absoluto. En la tercera ventanilla, al escuchar el nombre del lugar, también sin detener la mirada en él, y bastante sorprendida, una señora le dijo no con el dedo, y se puso a arrastrar, apurada, bultos y maletines hacia el interior del terminal. Entonces dio unos pasos a la deriva y se detuvo en medio de una ofuscación desconocida, entre personas apuradas que le exigían espacio para transitar.

En su desesperación, y como último recurso, se aproximó a  otra ventanilla. Esta vez era un hombre viejo y canoso el que atendía. Suspendiendo sus movimientos parsimoniosos, le miró con curiosidad, lo que ya era bastante. Entonces, él, animado arguyó que en todas las agencias le habían dado una respuesta negativa. El señor, hasta el momento sonriente, recobró de pronto la seriedad. “Lo que ocurre, señor, es que usted está buscando pasaje para un lugar que no existe”. “¡Cómo que no existe!, si yo…”. Y el señor le interrumpió con un gesto de amabilidad y disculpa, abrió una puerta interior e ingresó en la zona de embarque. Se sintió abandonado y advirtió recién que el terminal estaba inundado de un bullicio incesante, y sólo los parlantes se sobreponían anunciando llegadas y salidas de diferentes empresas de transporte. Recordó, entonces, que de esta ciudad salían vehículos en cuatro direcciones. Seguramente a ello se debía el intenso trajín en los pasillos. Como si desistiera en su empeño, salió a la amplia vereda de acceso. Los mototaxis se detenían, dejaban a los pasajeros y se colocaban en la parte posterior de una larga hilera, que avanzaba según los requerimientos. ¿No existe?, se preguntó incrédulo, y un copioso silencio pobló su soledad. Entonces, sus recuerdos fueron huidizas imágenes y lo dejaron solo en una perplejidad mayor. Había escuchado y repetido el nombre de ese lugar durante toda su vida. Sabía, además, casi con exactitud dónde quedaba. “De Inaucis, en dos horas está usted llegando a ese lugar”, le habían repetido en esa agencia al iniciar este viaje. Aunque tal vez pretendiera insistir, comprendió que su vida quedaba definitivamente envuelta en una elusiva sombra desconocida.

EL RETORNO

Un hombre descendía del ómnibus. Lo hacía con lentitud notaria y contenida inquietud. Esa curvada escalinata, aunque breve, era una amenaza para sus extremidades inferiores agarrotadas por las nueve horas de viaje. Temía dar una pisada falsa en esos peldaños bastante verticales. Buscó donde cogerse y sólo halló la desesperación cuando descubrió el único pasamanos abajo junto a la puerta. Los pasajeros que le precedían, recuperados del cansancio por esa postura única, bajaron con rapidez y lo dejaron rezagado; los que le seguían se incomodaron por su parsimonia, mostraron gestos de fastidio, algunos a gritos le exigieron apurarse, pero luego, benévolos terminaron extendiendo sobre él  sus miradas movidas a conmiseración.

No eran muchos los pasajeros que bajaban en este lugar. Algunos arreglaban sus cosas y sus ropas, y ligeros se dirigían a la puerta de salida. Otros, apremiados por recoger sus maletas o bultos, permanecían al costado del ómnibus, cuyas bodegas con sus puertas elevadas mostraban el contenido de cada compartimiento. El hombre se colocó detrás de ellos; llevaba un maletín pequeño colgado del hombro, y otro, de oficina, negro y delgado, en la mano. El del hombro le incomodaba, no por el peso, sino porque nunca lo había llevado así. Cuando hubo ocasión o necesidad, prefirió cogerlo por la manija y prescindir por completo de ese largo correaje. Le parecía más elegante, y apropiado  a su seriedad. Ahora había quebrantado esa costumbre compatible además con su manera de ser, y mucho más aún, con su edad. Los pasajeros con sus tickets en la mano se agolpaban. Algunos tenían varios bultos y los acumulaban a la espera de un estibador. El hombre aguardaba, y cuando vio su maleta en el último compartimiento, la señaló y dijo, además, el color y el tamaño, y el ayudante la extrajo. El hombre la tomó por la manija y empezó a arrastrarla sobre sus ruedas, buscando la puerta de salida. La encontró pequeña y estaba en un extremo del local, casi pegada a un enmallado metálico que la separaba de una avenida. Ingresó en una fila de personas de las más variadas edades, tamaños y formas, vestimentas y colores. No sin ansiedad, elevó la mirada a las varias personas apostadas en la baranda de la terraza interior del terminal; observaban con impaciencia, pero nadie descolgó una mirada sobre él. Entristecido giró el rostro hacia el enmallado que se alzaba pegado a la vereda de la calle, desde donde otro grupo de personas extendía su curiosidad sobre los que llegaban. Algunas miradas ávidas reconocían, gestos,  señales, y palabras exaltaban la alegría e iban rápidos al encuentro. La mayoría eran miradas indolentes, impregnadas de un desinterés casi absoluto. La suya, transida de orfandad y dispuesta a transigir con lo que le correspondiera. Con dificultad había atravesado esa especie de torno que hacía difícil y lento el acceso a la sala de espera.

Ya al otro lado, avanzó hasta la primera hilera de asientos fijos. Descolgó sobre uno el maletín, puso allí el de oficina y dejó en posición vertical el que arrastraba. Tomar asiento era lo que menos deseaba, después de ese largo trayecto que lo había agotado, y juzgó que la mejor forma de recuperarse era permaneciendo parado. Así lo hizo. En el reposo se arregló el cuello de la camisa y el grueso sacón y, con disimulo, levantó la correa del pantalón. Se quedó allí esperando las señales del pasado, que debían permanecer soterradas en estos lugares. Sin importarle ni detenerse en nadie, observó el trajín de las personas. Desatendidas se sucedían las imágenes en la pantalla gigante del televisor. No le perturbó en absoluto la música que emitían algunos quioscos, pero sí el voceo llamando pasajeros  para distintos lugares desde las pequeñas agencias. Vio que eran mujeres, bastante jóvenes. ¿De dónde  habían salido estas muchachas? Sin duda eran hijas de quienes fundaron estos nuevos barrios de expansión urbana.

Desolado en medio del bullicio, permaneció junto a sus cosas. Nadie le aguardaba y su olvido con empeño le distrajo, hasta que, poco a poco, advirtió que un empleado de una agencia le miraba con detenimiento. Giró, lento y despreocupado, el rostro hacia esa ventanilla y, en efecto, no había sido su imaginación. Era examinado con impavidez. Este descubrimiento lo azoró. Estoico, por unos instantes soportó la acometida. Cuando él, esta vez con disimulo y fingiendo una casualidad, volvió el rostro hacia la agencia, encontró al empleado atareado con unos pasajeros. Entonces, fue él quien se quedó observándolo, alerta y listo para retirar la mirada. Lentamente y con creciente asombro fue descubriendo algo inaudito. Los rasgos de un antiguo amigo, compañero de colegio, estaban impregnados en el rostro del empleado de la agencia. Entonces su contemplación se fue poblando de recuerdos. Siguió, a la distancia, aguzando la miraba. Exploró, con empeño, ese rostro atareado, y confirmó su hallazgo.

Este final estableció en él una turbación completa. Era él, entonces, recién lo recordaba, el compañero de colegio, cuyo nombre había quedado extraviado en algún resquicio de su memoria. Esa era, entonces, la razón de esas observaciones persistentes y sorprendidas de ese empleado. ¿Cómo no pudo advertirlo antes? Le alegraba, por cierto, encontrar un amigo tan pronto al arribar al lugar de su nacimiento. Era un resarcimiento, un desmentido total al curso de sus cavilaciones. El abandono y la soledad sólo habían sido especulaciones suyas, sombras próximas, pero evitables. Esta era su ciudad y en ella vivirá lo poco que le quedaba. En este punto detuvo su entusiasmo. Ese empleado le había reconocido, y en cualquier momento, levantaría el tablero sobre el que escribía, abriría la media puerta aprisionada, y abandonaría por un momento ese cubículo. Con decisión, se aproximaría y detendría frente a él y ratificaría su reconocimiento.  Con admiración y euforia lo llamaría por su nombre o su apellido, o tal vez recuerde un apodo suyo, no se sabía. Pero no importaba, un abrazo borraría todas esas imprecisiones o impertinencias. No, no era cierto, entonces, que estaba solo en este lugar.

Pero de pronto, una amenaza llegó a estos gratos remansos, y no sabía por qué, su abstraimiento temió un tropezón que le tendía artera, la realidad. De las profundidades de su entendimiento brotó algo semejante a la duda, y allí mismo tomó su insistencia, y empezó a desbaratar ese reconocimiento con esfuerzo configurado. Cuán efímero el contento, esa puerta entreabierta, cuán incierta, pues el empleado, no obstante los rasgos que exhibía, parecía bastante menor para ser un compañero de colegio. Ya con la discordia instalada, decidió volver a observar. Felizmente, continuaba atareado con el público. Incitado por la  incertidumbre, volvió a examinar con mayor cuidado. En efecto, con toda seguridad, ninguna duda cabía, ese hombre apenas pasaba de los sesenta años. No podía, por tanto, tratarse de su compañero.

Completamente defraudado se abandonó en un lugar deshabitado de su vida pasada. Pero, luego de unos minutos, retornó. Tomó sus cosas y retomó su marcha. Salió del terminal terrestre arrastrando, junto a sus pasos, la maleta y las cosas que había traído. Lo hizo con ceremoniosa lentitud, pues en ellas llevaba los restos de su vida. Se detuvo en la amplia vereda de acceso, expuesto a todos los peligros. Desde un asiento elevado y pegado a la pared de un puesto de lustrabotas, un joven dejó de leer el periódico y, sorprendido, lo observó como a una repentina aparición. Varias muchachas de blancos mandiles, con sus bolsas amarillas llenas de enormes panes, hicieron lo mismo. Mayor atención pusieron en él, los mototaxistas desde las proximidades de sus vehículos, alineados al borde de la acera. El primero de ellos, luego de dudar, se aproximó ofreciendo llevarle. Su ofuscamiento no podía ser perdurable, y accedió. El muchacho, de inmediato, desprendió con dificultad la maleta de esa mano, se la llevó y la acomodó en el asiento posterior del vehículo. Luego de unos pasos de retorno hacia él, lo liberó del maletín que le aplastaba el hombro, y lo colocó sobre la maleta. Cuando quiso hacer lo mismo con el maletín de oficina que llevaba en la mano, el hombre se resistió y se aferró a él con las fuerzas que le quedaban. El muchacho desistió en su empeño, le tomó del brazo y con delicadeza acompañó sus pasos tardos, y le ayudó a subir al vehículo. El hombre con dificultad levantó el pie izquierdo. Asida la mano libre a un extremo de la puerta y sujetado por el muchacho subió con marcado esfuerzo. Al acomodarse en el asiento, el alivio inundo su cuerpo encorvado. El muchacho contempló con tristeza profunda esa blanca cabellera desguarnecida, y le preguntó si se encontraba bien. El hombre respondió con un leve movimiento de cabeza apenas perceptible y una mirada extraviada en el tiempo. Consternado, el muchacho cerró la puerta, bordeó su vehículo, se acomodó en el asiento delantero y encendió el motor. Antes de ponerse en marcha, volteó lo más que pudo, y a través de la ventanilla que comunicaba ambas partes del vehículo, preguntó levantando la voz, a dónde le llevaba. El hombre, con añeja nostalgia, nombró un barrio de la parte antigua de la ciudad, en el extremo opuesto al lugar en que se hallaban. Añadió el nombre de una calle, el de un santo ya olvidado por todos. Una vez en marcha, el hombre pensó en la casa que su padre había heredado del suyo, y que aún venía de sucesiones más lejanas, pero que en ese momento ignoraba quién o quiénes la ocupaban. Desde el inicio, el movimiento del vehículo tornó imprecisas sus miradas. Al pensar en todo esto, una fuerte opresión se cobijó  en su pecho, junto a una reseca y profunda ansiedad, y unas palpitaciones se agolparon tenaces en las sienes y crecieron rítmicas. Cada vez más veladas, contempló esas calles que se esforzaba en reconocer, en esta ciudad ajena y desconocida a la que había llegado.

Juan Alberto Osorio Ticona