La triste historia de un voyerista que en una apuesta perdió la vista
Desde recién casados, los esposos Porfiado Valente y Virginia Menguada siempre realizaron apuestas. Era su hobby y mayor afición, casi un vicio. Apostaban por todo: por esto, por aquello, por lo que fuera. Hasta ahora los castigos para el vencido habían sido diversos y plenos de sentido lúdico, aunque sumamente ingenuos.
El que perdía lavaba los platos, barría el patio, hacía las compras, sacaba al gato, tendía las camas, daba masaje al otro, tiraba la basura… También apostaban dinero y el perdedor pagaba al otro la cantidad acordada: cien, quinientos o mil pesos, nunca más.
Era un juego, una manera de convivir y de distraerse el día de hoy, cuando él tiene 66 años de edad y la esposa 60. La mayoría de las veces apostaban bobadas: que si la vecina hablaría por teléfono en la noche; que si el gato coscolino no llegaría a casa en tres días; que si sería azul o negro el siguiente coche que cruzara ante la ventana, que el postre en el restaurante acostumbrado sería helado, gelatina o pastel.
Siempre los había regido un código de ética. Mas esta vez hubo trampa. Ella se aseguró de que el marido creyera saber la hora viendo el reloj de la sala, para suponerse ganador de otra apuesta; luego retrasó una hora el reloj y le cambió las pilas por unas caducadas, sugiriendo así que tal reloj se habría parado a las 21:00. De esta manera la señora tenía asegurado el triunfo de la siguiente apuesta.
Lo que pasó después fue algo cruel y doloroso. Tanto así, que recomiendo suspender la lectura de esta crónica por lo salvaje y despiadado que resultó el castigo de la apuesta, ya que el marido, primero, quedó ciego y luego murió.
Sí, por haber perdido la apuesta, ella le “sacó los ojos”, lo dejó “invidente” por un periodo poco menor de tres meses. Y no contenta con esto, luego “lo mató”.
El día que apostaron ambos se encontraban leyendo en el piso de arriba. El señor se dispuso a bajar a la cocina para visitar el refrigerador, con el firme propósito de saquearlo, pues de noche le venía un hambre más que perruna.
En el momento en que el marido bajaba las escaleras para dirigirse a la cocina, la señora le dijo:
—Me avisas qué hora es, por favor —pidió la muy hipócrita.
Cuando el esposo estuvo frente al reloj amañado le gritó a la esposa:
—¡Son las nueve!
Ella no contestó, fingió no escucharlo. Esperó a que llegara con el sándwich, la torta, los tacos, la gelatina, los bocadillos y la fruta que el señor engulliría, para preguntarle, fingiendo no haber escuchado el grito con el que su esposo avisó la hora:
—¿Qué hora es?
—La nueve, ya te dije.
—Estás loco, deben ser más de las diez.
—Te apuesto lo que quieras a que son menos de las diez.
—Lo que quieras, te lo apuesto.
Él, quien se creía vencedor, propuso de inmediato lo que a sus intereses convenía:
—Quien pierda le hará sexo oral al ganador, durante tres meses seguidos a la hora que se lo exija, y por espacio de veinte minutos como mínimo en cada sesión.
—¡No! ¿Qué te pasa? No quiero que me hagas sexo oral.
—Pero yo sí quiero que me lo hagas —dijo el señor, y ella aclaró los términos de la apuesta conforme a lo que deseaba:
—Bueno, si pierdo te haré sexo oral, aunque si yo gano dejarás de verles las piernas, las nalgas y los senos a las muchachas, cuando caminemos por las calles, durante tres meses seguidos.
Estuvieron de acuerdo con los términos de la apuesta; hicieron el pacto solemne acostumbrado y procedieron a prender el radio, para saber la hora precisa: “Son las veintidós horas con dieciséis minutos”, señaló el locutor (o la grabación, que para el caso da lo mismo).
El señor no daba crédito a lo escuchado, bajó como rayo las escaleras para mirar el reloj, el cual estaba estacionado en las 21:00 horas.
“¡Oh, se habrán agotado las pilas!” pensó, sin sospechar que la esposa había urdido la trampa manipulando la máquina de medir el tiempo (es decir, el reloj), que lucía en la sala.
Los siguientes días fueron de un terrible sufrimiento extremo para quien no tenía más diversión que mirar ciertas partes precisas a las muchachas, distracción que desde ahora cancelaría, por haber perdido la amañada apuesta.
Ese era el principal pasatiempo de don Porfiado Valente: verles las piernas, los senos y etcétera… Ahora ya no tendría mayor sentido su triste existencia. La vida le sería gris y monótona…
Mirarlas había sido siempre el mayor estímulo para el sesentón… y no poder hacerlo durante los siguientes tres largos, larguísimos meses, era igual (o peor) que perder todo el atractivo a la vida. Fue algo así como quedarse ciego en la más fría y atroz de las oscuridades.
En ese tiempo, cuando el matrimonio salía a la calle, la señora vigilaba los ojos del esposo cada vez que se topaban con alguna chica o cuando había cerca una joven muchacha; porque eso sí, con las señoras de la tercera edad don Porfiado era respetuoso en extremo, incapaz de dirigirles una mirada lasciva, lujuriosa, para nada.
Una vez, el señor casi se muere de paro cardio-respiratorio, pues de una escuela preparatoria para señoritas le salió al paso un tropel de alumnas minifalderas, del último grado de estudios, siendo el promedio de edades de 18 años, y el pobre tuvo que taparse él mismo los ojos con las manos, para cumplir con la palabra empeñada.
En otra ocasión, se desmayó, como mecanismo de defensa, ante la señorita veinteañera que se agachó a recoger las llaves del piso, mostrando los bien proporcionados senos de manera más que generosa. ¡Ufff! ¡Ufff!
Al regresar el matrimonio de los recorridos que constituían sus acostumbrados paseos cotidianos, doña Virginia, la esposa, le reclamaba al anciano con saña sin igual:
—Te quedastes (con la “s” al final) contemplándole el pecho a la mona desvergonzada vestida de azul, por más de un segundo, sabiendo que debes apartar inmediatamente la vista ante cualquier jovencita indecente…
—Pero mujer, todo fue tan rápido, yo no sabía que se iba a inclinar frente a mis ojos, te juro que casi no vi nada…
Por las noches, cuando el héroe de esta historia dormía, soñaba que les veía a las muchachas las partes corporales prohibidas (mismas que aquí no se nombran, porque este es un cuento muy decente). Así, invariablemente sonreía estando dormido, cosa que lo delataba ante la suspicaz esposa.
Ante semejante insubordinación, aunque inconsciente, la malvada e infernal mujer lo recriminaba sometiéndolo a un cruel e inhumano cuestionamiento:
—Con quién soñastes que te reístes toda la noche. ¿Qué fue lo que le mirastes?
La señora hablaba así (con la “s” al final), porque es naca… además de ser maldita, méndiga, desgraciada, infeliz; y si no se dicen otras 57 palabras más precisas se debe a que este, ya dijimos, es un cuento (basado en una historia real) para toda la familia, por lo que no se escriben leperadas, ya que los niños no deben leerlas, ni oírlas ni mucho menos decirlas. Y si aquí metí esta nota es porque no debemos desperdiciar ninguna oportunidad para educar a la niñez no solo mexicana sino de todo el orbe (que quiere decir: planeta, mundo).
La censura a la mirada perspicaz del marido se extendió a comerciales y programas de televisión, periódicos, revistas, carteles, anuncios luminosos, cine, etc. El señor debía taparse los ojos o voltear la cabeza ante las mujeres que mostraban los cuerpos en los medios de difusión, incluso en la radio (?).
Doña Virginia, la casta señora, se armó de un palo de escoba al que colocó un cartón, y cada vez que en la televisión salía alguna chica mostrándose en traje de baño, interponía el artefacto de elemental tecnología: arma-palo-escoba-cartón-censura, entre la cara del esposo y el aparato de televisión.
En el cine, ella ocupaba un asiento de la fila de atrás del marido, para poder taparle los ojos en las escenas difíciles y comprometedoras. Y no solo por desconfiada, sino que había descubierto al hombre mirando entre las rendijas de sus dedos, simulando que se tapaba los ojos con las manos.
Esa no era vida y habían transcurrido apenas pocos días de los noventa que duraría la insoportable, brutal y despiadada tortura. No, claro que no la soportó. Don Porfiado murió, murió y murió.
Para rescatar el cadáver del baño en el que habitualmente se refugiaba el pobre señor, los bomberos tuvieron que tirar la puerta a punta de hachazos, pues tenía colocado el pasador por dentro. El espectáculo fue dantesco: el anciano yacía en el piso rodeado de decenas de los mejores ejemplares de la Revista Playboy, que había ocultado quién sabe dónde.
Algunas versiones respecto a su muerte señalan que murió de indigestión; otras refieren que simplemente se dejó morir abrazado a la última de sus fantasías eróticas. Unas versiones más, las que proceden de los mejores amigos, hablan de homicidio premeditado por parte de la desalmada e incomprensiva esposa, para quien se pide no solo la cárcel y la tortura, sino la silla eléctrica, la cámara de gases, el fusilamiento, la horca y la inyección letal, todo junto.
El “Voyerista” (semejante y ofensivo apodo le impuso la viuda) murió mostrando en los labios una enorme sonrisa de satisfacción, y con los ojos bien abiertos. Por muchos esfuerzos que hicieron, tanto familiares como empleados de la funeraria, no pudieron cerrarle los ojos. Ni con la cinta adhesiva que colocaron en los párpados ni con pegamento Resistol ni con nada. Tampoco pudieron quitarle su triunfal sonrisa.
Optaron también por ponerle unos anteojos oscuros, mas por una extraña razón los lentes se botaban o se hacían añicos los vidrios, luciéndose a plenitud la mirada de honda satisfacción con la que murió este gran maestro del espionaje visual.
El día del entierro del voyerista, justo cuando iba a ser depositado el cadáver en la fosa, la gente que presenciaba el sepelio en el panteón salió huyendo aterrorizada, pues el hombre se levantó del ataúd; detuvo la tapa, y asomándose saludó al grito de: “Yujuuu, yujuuu”.
¡No estaba muerto!, no estaba muerto, andaba de parranda, que diga, había sufrido un agudo ataque de catalepsia del cual salía completamente ileso y dispuesto a recuperar el tiempo perdido, desparramando con holgura la vista sobre lo admirable y apetecible que tienen las muchachas en sus respectivos cuerpecitos, pésele a quien le pesase.
Ahí mismo, en el campo santo, recorrió con la mirada pasando revista a varias jovencitas que acudían a otros entierros (aunque la decorosa vestimenta de las muchachas solo le permitía imaginarse (eso sí, con amplitud y creatividad de imaginación) las partes envueltas con dos, tres y hasta cuatro capas de tela.
El pase de revista sucedió durante el triunfal paseo que en hombros le brindaron los amigos —una vez repuestos del susto— gritando a voz en cuello: “To-re-ro / To-re-ro / To-re-ro…” y dándole dos vueltas al ruedo, que diga, al cementerio.
Ese día, ya de noche, llegó a casa con una sola idea centrada en la firme intención de hacerse justicia por propia mano. Pensamiento fijo y obsesivo de un plan para llevarse necesariamente a cabo como elemental acto de venganza: asesinar a la censora y enemiga esposa de nombre Virginia Menguada. Dicho crimen volvería a darle sentido a la vida, al disponer otra vez libremente de la vista que aquella monstruosa hembra le había suprimido por un tiempo que pareció de siglos, si no es que de milenios.
Y no sabemos lo que sucedió, porque esa historia no se ha escrito y quién sabe si se escriba.
Oda a tus bellos ojos verdes
Solicité jubilarme cuando supe que egresabas de la Facultad y que ya nunca más volvería a mirarte ese portento de piernas tuyo: dispositivo de ensoñación evocador de concupiscencia y motivo único y fundamental de mis mejores fantasías sexuales, sueños eróticos y masturbaciones con y sin tecnología ad hoc.
Ilusión con base en la carne que ansío de ese cuerpo que concedió a mi vida la razón misma de su existencia, en esta mi última fracción de tiempo, al fascinar mi vista con el milagro de verte tan cerca, aunque sabiéndote lejos, muy lejos.
Cuando me enteré de que te fuiste, algo muy mío se rompió aquí adentro, donde las costillas tienen preso al corazón.
Durante todo un año lectivo y por espacio de tres o cuatro minutos en días de clases, disfruté viendo tus extremidades cuando caminabas por el pasillo al filo de las once. Salías de un aula para entrar a otra, mientras yo, paciente, te esperaba quince minutos antes con los ojos prendidos.
Conozco muy bien tu guardarropa pierneril: seis ajustados pantalones, incluyendo el de mezclilla deslavado, roto y deshilachado —otorgante de oxígeno, para mi respiración artificial, por cada una de las rendijas en donde se asoman rebanadas de pierna— (¡Ay!); tus cuatro vestidos, dispuestos a dejarse levantar por ráfagas de aire venidas del soplido de un Ser Bendito y Todo Poderoso (¡Ay! ¡Ay!); tus cinco short pants combinados siempre con aquellas botas negras o con las de color guinda, que aunque ocultaban tus deliciosas pantorrillas no restaban armonía ni belleza a ese específico territorio del cuerpo perfecto que posees (¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!) y, —bendito sea Dios que nos brinda su bondad, su caridad y su cobijo—: las nueve diminutas y generosas minifaldas —entre ellas aquélla, mi consentida: la de popelina tableada color café oscuro— (¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!) regalo del cielo para este anciano de vista cansada sábados y domingos, y muy dispuesta y renovada de lunes a viernes, entre las once y las once y diez de la mañana.
Ya sólo vivía para mirarte, para acariciarte las piernas con el pensamiento, con los ojos, con la imaginación. Mis clases me valían madres, también las burlas de mis compañeros y las risitas de los tuyos, cuando me descubrían tomando con la cámara del celular alguna de las más de tres mil fotografías de tus portentos. Para entonces había perdido la vergüenza y el recato a consecuencia de talones, rodillas, pantorrillas y muslos de las piernas que le daban un significado sensual a mi mirada en estos pocos años que me restan de vida.
Muerta en mí la mesura y la decencia pasé de ser un respetado profesor con dignidad, a ser un cochino viejo morboso “rabo verde”. ¡Lo cual me valió y me sigue valiendo madres! Únicamente vivía para ejercer la imaginación sobre tus piernas. Vivía para sobarlas, besarlas, lamerlas, chuparlas y morderlas; y volver a sobarlas, besarlas, lamerlas, chuparlas y morderlas… siempre como grata fantasía. Durante todo un año pude mirar y admirar esos sabrosos jamones siendo ésa mi única y gran ilusión. Tocar tus piernas con las manos, los labios o la lengua: era y sigue siendo una utopía inalcanzable para este sufrido sexagenario, quien sobrevivió en la Facultad gracias a que nunca te tuve como alumna. Si hubieras sido mi estudiante, seguramente me habrías matado de un infarto.
Para mi mayor disfrute observacional, la distancia exacta entre tus piernas y mis ojos debía ser entre 1.25 y 1.60 m. A más de ciento sesenta centímetros me perdía parte del goce, y a menos de ciento veinticinco centímetros de distancia el peligro de morir de un síncope cardiaco era supremo. ¿Recuerdas cuando una caterva de alumnos te obligó a acercarte peligrosamente más y más a mi banca, a mis ojos, a mis manos, a mi boca? La muchedumbre te empujó acercándote hasta casi sentir tu aliento. Tus piernas y anexos se aproximaron hacia mí como una promesa que se detuvo a menos de diez centímetros de mi agitada respiración (casi te toco, casi nos tocamos) … ¡Agggh! ¡Agggh!
Ese día unos profesores me encontraron al borde del colapso. Las manos me temblaban, estaba lívido (con libido exacerbada), respiraba agitadísimo, se me nublaba la vista, me zumbaban los oídos, sentía una fuerte opresión en el pecho. Casi no podía respirar. Mi corazón no soportaba la feroz taquicardia. Me escurría el sudor por la frente. Se me quebraba la voz. Me subía (¿o me bajaba?) la presión arterial a cifras récord; se me trababa la lengua. Sentí desmayarme y fallecer… Trastornos producto de tu aroma, de tus salvajes feromonas… ¡Agggh! ¡Agggh! ¡Agggh!
—Profesor, ¿qué te pasa? —preguntaron mis compañeros.
—Pasa que acabo de regresar del Infierno o del Paraíso, lo mismo da —les dije.
— ¿Te sientes bien?
—Nunca me he sentido “más mejor” —contesté provocador— (ya sé que no debe decirse así, pero estos amigos hablan de esta forma. También dicen “haiga”, “fuistes”, “nadien” y “más que nada”, no sé cómo pueden ser profesores de la UNAM).
—Pero si parece que te estás infartando… ¿Quieres agua?
—No, no quiero agua. Quiero vikinga, vikinga, vikinga. Ese ángel o demonio, infernal o celestial, es lo que quiero.
—Este güey ya se volvió loco de remate —profirió una voz fina y elegante de alguno de los profesores que me distinguen con su amistad.
Pero te fuiste de la Facultad. Jamás te importaron mis miradas. Lo que les sucediera a mis ojos y a mi persona no te interesó nunca. Es más, te valió madres.
Huiste porque te graduaste de licenciada en no sé qué. Vaya cinismo convenenciero el tuyo. ¡Que te aproveche tu titulote! ¡Que lo disfrutes! Abandonaste nuestro nido de amor visual y ya sin ti nada de la academia me interesó.
Todo se volvió gris tormento (incluso en las quincenas. Los días de pago no compensaban tu ausencia) y es ésa, tu retirada, la verdadera razón por la que inicié los amargos trámites de mi jubilación. Si con ello pierde la Universidad, si los alumnos deambulan desorientados por falta de mis asesorías o si se colapsa el país, por esta mi cruel decisión, me vale madres y será tuya y únicamente tuya la culpa, por llevarte tu par de piernas a no sé dónde; será tu culpa por cercenar mi lascivia, por clausurar mi lujuria, por cancelar mis más bajos instintos… por irte dejándome enceguecido…
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Como me duele dejar de percibir tus encantadoras y delicadas piernotas; tus bien dotadas, dotadotas, torneadas, torneadotas, moldeadas, moldeadotas, exquisitas y tiernotas piernas apiñonaditas, del color de la miel. No me alcanzó la vida para encontrarme conmigo mismo, mucho menos para saciarme con tus medios de locomoción, en homenajes rendidos a su belleza.
No acepto tu abandono, no lo acepto. Me niego a perder la vista durante esos cuatro eternos minutos después de las once, de lunes a viernes. Que salga el corazón a decir ¡“no es cierto”!; que hable en su latir para expresar lo que siento ¡Ay! ¡Ay!… O mejor de plano que calle el hocico todo mi cuerpo.
Uno no es sólo un conjunto de órganos, aparatos y sistemas… Uno es también querencias, ilusiones, aspiraciones, deseos, fantasías, imaginación, sueños y ensueños que tú, con tu partida, has matado en este ente de indiferencias en el que ahora me he convertido. Sin tus piernas he perdido todo rastro de honestidad, de ética y moral. Ya nada me interesa mi función como docente. La teoría impartida tampoco me importa. Mis doctas clases me valen madres (además ni eran tan doctas)…
Que las disecciones de cadáveres fueron esenciales en el avance de la medicina occidental: me vale madres. Que el desarrollo del capitalismo puede distinguirse por el empeoramiento en las condiciones de salud: me vale madres.
Que en la interpretación de la enfermedad interviene el sistema de valores socialmente estructurado: me vale madres. Que los factores políticos y económicos determinan el proceso salud-enfermedad: me vale madres.
Que en la definición de “enfermedad” subyace la valoración de la capacidad productiva y competitiva del hombre: me vale madres. Que el tipo y distribución de las patologías y su respuesta social es resultado del desarrollo histórico de las fuerzas productivas: me súper vale madres.
Que la estructura determina la superestructura (y otras pendejadas por el estilo) me súper, súper vale madres.
¡Ay! ¡Ay! Por qué te fuiste; por qué saqueaste el tesoro más preciado de la Facultad; por qué en lugar de sacar tus piernas de la Facultad no te llevaste al director y sus funcionarios (muchos alumnos, trabajadores y maestros te lo agradecerían), por qué te robaste mis sueños; por qué te llevaste contigo tus piernas. Di por qué, di mamacita. Di por qué… Definitivamente me estoy volviendo loco a ritmo de Cri-cri.
Nunca supe cuál es tu nombre (¿importa, importaba?). Quizá no quise decepcionarme ante la posibilidad de que tuvieras algún nombre vulgar. Para mí siempre fuiste “La Vikinga”, como te bauticé desde el primer día en que te miré y admiré tu cabalgadura. Ignoro si tienes ascendencia nórdica, porque ninguna mujer en este país ni en este continente y pocas en el mundo, pueden tener “las de galopar” que tú posees.
Fácil, muy fácilmente ganarías cualquier concurso de las Extremidades Motrices Más Hermosas del Mundo con tus piernas, y ya le van tocando Diana al primero, primerísimo primer lugar de belleza.
Por qué te fuiste y no me dejaste siquiera mirarte a los ojos. Tus ojos, que seguramente deben ser verdes… ¿Verdad?
