Una horda de leprosos traslada el cuerpo del Señor de la Misericordia a un barrio del Centro Histórico de la ciudad. En una festividad discreta y sin mayor decoro, lo exhiben desnudo e invitan a los vagabundos hacinados para explayarse con el cuerpo expuesto. En enorme caldero hierve agua con especias diversas. En enorme caldero arrojan aceite para el cocimiento. En enorme caldero echan aquel cuerpo destinado para la comunión. El fuego en aumento aniquila las bacterias. La ebullición elimina los patógenos. El borbotón libera la esencia de aquel espíritu de bondad. La mezcla de las especias, los aceites y la carne arrojan su hervor. La calle se impregna por el vapor del maridaje. Nuevos comensales asoman atraídos por el encanto del cocimiento. A nadie se le rechaza participar del festín que alcanza su punto. Liberan el cuerpo del caldero. Sobre larga mesa de madera exponen el inusitado manjar. No hay protocolo para los leprosos y demás esperpentos. Todo es jolgorio. En gran comilona y sin guardar reparo de las formas hay quien degusta las carnes. Hay quien hurga el recoveco de las costillas. Hay quien paladea las grasas. Hay quien se reserva los genitales. Hay quien prefiere las vísceras. Hay quien come entero el corazón. Quedan los huesos y no falta quien extraiga el tuétano y luego los destine a los perros hambrientos. Por alguna razón nadie toca la cabeza, aunque la gula los anime. Apetitosos se ven los ojos. Apetitosas las mejillas. Apetitosos esos labios y la lengua poblada de verdad. Alguien paladea los sesos. Y nadie adelanta cuchillo o tenedor. Deciden terminar el convite con el caldo donde hirviera el Señor de la Misericordia. Lo mezclan con una fuerte dosis de ron. Uno a uno se alejan los leprosos luego de saciarse con el cáliz. Con sus eructos se demuestran satisfechos. Avanza la noche. En el sitio del festín queda el caldero boca abajo. Vestigios del ritual por doquier. Los vagabundos cantan felices por su embriaguez. De tumbo en tumbo vuelven a su faena de sumarle vacíos al vacío de la ciudad. La soledad precisa en ese barrio del Centro Histórico. El viento silba su tonada de desolación. En el abandono queda la cabeza del Señor de la Misericordia. En plena calle expuesta. En el punto medio que neutraliza el vértigo de la metrópolis. Pero tal injusticia no puede pasar en vela. Hasta el inframundo escampa el tufo del manjar. Arranca de su marginación a otros seres del infortunio. Las alimañas abandonan la podredumbre de su imperio. Se dan prisa por hacer suyo aquel fruto. La manada asalta el asfalto. Reclama el reino de la noche. Antes de la primera dentellada rodean la cabeza inmaculada que emite un leve fulgor. Es una advertencia que pasa desapercibida. ¿Cómo detener la rapiña cuando se trata de tan apetitoso manjar? Con sus chillidos crispan de terror a la negrura nocturna. No hay degustación. Cual marabunta agreden el despojo. Certeras y voraces dentelladas destazan las mejillas. De un mordisco feroz arrancan los labios. Otro mordisco ultraja la lengua y el verbo de la comunión. Sin el velo de los párpados revientan los ojos y su visión de profecía. Devoran los oídos y su nicho de castidad. Una dentellada horada la masa cerebral del Señor de la Misericordia. Justo la Misericordia derrama su acidez corrosiva. La hemorragia cuece el hocico del agresor. Aquella alimaña eleva un chillido de muerte. El resto de la manada suma un coro de pavor. La sustancia calcinante no les da tiempo para escapar. La Misericordia revela sus virtudes de fruto prohibido. La Misericordia se desparrama presta para infestar con su virus a la ciudad.

: @ostiariodesanjuandedios