
El ónfalo es el ombligo del mundo, piedra sagrada del oráculo de Delfos y centro de Cantáridas o de las palabras (Ediciones Odradek, 2025) de Elsa Cross, poema que recrea una imagen, luminosa y oscura a la vez, implícita en el verso de Píndaro que la autora utiliza como epígrafe del libro: …junto al omphalós envuelto en sombras…
Los vestigios del santuario de Delfos, que Cross ha visitado durante alguno de sus viajes a Grecia, serían una de las fuentes de inspiración de este poema, así como sus viajes a la India o a otros lugares privilegiados del mundo, como Bomarzo o Isla Negra, lo serían de sendos libros o poemas; si bien, estos viajes físicos —a decir del poeta Ursus Sartoris— “también son la metáfora de una visión de lo real que se revela interna y externamente en diferentes dimensiones”.
Grecia o cualquiera de estos lugares son, en este sentido, el punto de partida de una travesía interior, de la cual cada vez resulta una especie de “diario de viaje” que la autora convierte en libro; de la serie griega: Naxos (1964), Bacantes (1982), Cantáridas (1999), Ultramar. Odas (2002), El vino de las cosas. Ditirambos (2004), Cuaderno de Amorgós (2007) y Cantáridas o de las palabras (2025), central en esta serie.
Así, mientras que algunos turistas ven en Delfos un sitio atractivo para fotografiarse, la poeta, que es además maestra de religiones antiguas, ve allí suceder de nuevo, frente —o dentro— de ella, la conquista del sagrado oráculo: casi en silencio, el primer canto recrea el sacrificio, sobre el ónfalo, de la sierpe divina, destronada por el dios de flechas luminosas, que toma posesión del témenos y usurpa sus funciones:

Súbita visión entre las ruinas desiertas a la que le suceden, primero, una aliteración (“secas langostas / cáscaras / escaldaduras”) que a lo largo del poema se vuelve eco transformándose en “canto roto”, “cántaro cerrado” y culminando en Cantáridas, símbolo de la palabra poética (de allí que, en 2012, en la edición de su Poesía completa, la autora agregara el subtítulo o de las palabras). Luego, al vislumbrar a la serpiente, en el tercer canto, la voluntad de aprehenderla: “habrá que hacerse viento / entrar por la hendidura de la roca // ser la lengua de fuego / flecha del dios”.
Ante esta voluntad apolínea, el mito y su relación inherente con los misterios dionisíacos se reactivan: «En Delfos sólo Dionisios despedazado podía encontrarse en este estado. El último vencedor y matador de la serpiente fue Apolo, uno de cuyos nombres se conservó en la literatura mística: Dyonisodotes, “cuyo regalo era Dionisios”», dice Karl Kerényi.
Dualidad que la autora conoce bien, como dan cuenta de ello sus libros: Naxos, su ópera prima, donde Ariadna abandonada espera —aún sin saberlo— al dios que habrá de desposarla; Bacantes, cuya voz lírica honra “al dios desconocido”; El vino de las cosas. Ditirambos, que incluye una sección intitulada “Cántaros” y un “Peán (a Apolo)”, cuyo estribillo dice: “Tú lo iluminas todo / ¿pero quién ve tu sombra?”; así como Un templo en el oído. Ensayos sobre el mito y lo sagrado (2022).
Cantáridas o de las palabras, como se lee en la cuarta de forros de este volumen, “habla del poder perdurable de la serpiente, y de las palabras antes de ser, antes de decir, cuando apenas se gestan en ese espacio de la conciencia de donde surgen la poesía, el vaticinio o la plegaria”.
“Mi canto es sierpe”, dice Cross en el poema “Sarásvati”, incluido en Baniano, libro que abre su trilogía india, plena de piedras, deidades y serpientes. Sierpe y flecha solar en Cantáridas o de las palabras, pero también aulós, flauta doble cuya melodía acompañaba en la Hélade la recitación de los ditirambos y los coros de las tragedias, y que en este libro encanta a la serpiente y, reuniendo sus fragmentos (cada una de las veinticuatro partes del poema representa una piedra o hueso), hace que vuelva a erguirse, como imagen y como canto.
Gráficamente hablando, esta reintegración es posible mediante el diseño de Alfonso D´Aquino —editor de éste y otro libro de Cross, Escalas (2011)—, que formula, sin caer en la mera ilustración —línea de Ediciones Odradek—, un intercambio enriquecedor entre dos lenguajes, al seleccionar entre las variadas versiones que la artista Cezylia León elaboró exprofeso para esta edición, las colografías (grabados-collage que crean texturas, como aquí de piel escamosa) que mejor se articulan con los versos, logrando una sugerente secuencia de los fragmentos de la sierpe —cabeza y cola incluidas—, por entre cuyas escamas entran y salen las cantáridas.
Como canto, este poema podría considerarse un ars poetica de Cross, aplicable a varios otros de sus libros: ante una imagen, interna y externa a la vez, y mediante la voluntad de profundizar en ella, un sonido naciente se transforma en sílaba, en palabra, en verso (“Zarpar / en el sonido de la palabra Taormina, / en sus ecos insomnes”, dice en Escalas). Poema que evoca la alianza de los instintos antagónicos, apolíneo y dionisíaco, y su transformación en arte, proceso minuciosamente descrito por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia.
En La adivinación en la antigüedad Raymond Bloch refiere cómo, “instalada sobre su trípode”, la pitia de Delfos entraba en trance o delirio sagrado, escapándose de sus labios “sonidos, palabras y gritos que en seguida serían traducidos por un exégeta en claro oscuro”. Dicha “traducción” conformaba un poema oracular de sentido velado. Aquí la poeta funge a la vez como exégeta y consultante, no como pitia. Más que del frenesí dionisíaco, las imágenes poéticas de Cross, serenas y claras, provienen de la meditación.
“Se agolparon desde un fondo impensado / esas imágenes / tejiendo en una telaraña sus enigmas”, dice Cross en Bomarzo, aludiendo a los “sedimentos” que moran en los distintos estratos de la conciencia y que pueden aflorar mediante la práctica de la meditación, y convertirse en poema gracias a la labor del poeta. Palabras que la sierpe escancia en su oído y ella, epígono de Apolo, “escande y separa” —como dice Calasso—, imponiéndoles su metro.
“¡Por Zeus Olímpico, áurea / Pitón, por tus profetas gloriosa, / yo te suplico, con las Gracias / y Afrodita: / en el tiempo sagrado acógeme, / a mí, cantor intérprete de las Piérides!”, implora Píndaro en el peán-ditirambo que funge como fuente del epígrafe y como fausto vaticinio para esta edición, la poeta y sus lectores: “Y a mi corazón, cual un niño a su madre amada, / obediente, al bosque sagrado de Apolo bajé, / criador de coronas y flores, / donde a los hijos de Leto / con frecuencia las muchachas de Delfos, / junto al omphalós envuelto en sombras, cantan / y con ligero pie la tierra tocan”.
“¿Y las cantáridas? […] esos bellos insectos de un color verde vivo”, que son a la vez un remedio medicinal, un veneno, un afrodisiaco y una palabra cuya raíz etimológica, kántharis (κάνθαρις), es la misma de la que se deriva “cántaro”, kántharos (κάνθαρος), que “designaba una copa de cerámica, con asas grandes, usada para beber vino, especialmente en rituales dedicados a Dionisios”. Canto que asciende, como el vino o como el insecto por las escamas de la serpiente, y refulge en silencio:


Cantáridas o de las palabras, de Elsa Cross, colografías de Cezylia León, Ediciones Odradek, Cuernavaca, 2025.
Con el título de Cantáridas este libro fue publicado por primera vez por Ediciones sin Nombre en 1999 y ya con el subtítulo “o de las palabras” en Poesía completa, FCE, 2012.