4 poemas de Carlos Velásquez Iwaki

Razones de lo posible

No hay lugar posible para ocultarse

de un rapsoda

coleccionista de máscaras humanas

y sus exagerados estímulos sensoriales.

Sobre todo, resistente a todos los actos rescatados,

de percepciones que nos condenan

a ser carniceros o carne.

Animal entrampado

venido de la voraz evidencia de simulaciones

a punta de réplicas.

Válidas al mutar de los perdurables, 

en el principio transpuesto por prodigalidades

del mismo error.

Refugio de traedores de cosas inservibles

desde lugares sostenidos

por cuatro tortugas marinas y siete caballitos de puna.

Circunnavegando la rebelión contra pensamientos

de todo el día, entre vivas y contravivas. 

Confirmados por experimentadores de lo cotidiano,

insinuando orden en la percepción.

Mientras misteriosamente se consolidan

extensiones visibles, para su propio olvido,

pidiendo morir por miedo a la muerte.

Entre el Aspero y Caral

Una celebración determina lo confuso

como primera experiencia inicial.

Destinadas para pequeños detalles de reminiscencias

y psicosis reactivas.

Retomando la música de las percusiones corporales

venidos de la noche.

Desde naturalezas presta-nombres muy complicadas,

donde se engendró la estática y la completitud racional,

entre subidas y bajadas a contrapartidas,

en la niebla rastreadora de desaparecidos.

Viajeros de lo inacabable enredados a movimientos

imposibles para pequeñas naves.

Lugares de fronteras góticas

y sentidos contraintuitivos, guardando tristezas sin rostro

entre extraños sonidos minerales.

Complementando el desafío a los muertos

armados con cuchillos de obsidiana.

Fusión con la eternidad

del misterio imperfecto, haciéndose cada vez más lejano.

Sin marcas conocidas del fuego extinto, frente al absoluto silencio.

Pocos sabemos lo que se experimenta al caminar en la niebla de los cuatro mil metros

Las piedras se agrietan y la tierra acrece

por culpa de esa transformación del plan en el tiempo   

en los cuatro mil metros sobre el mar.

Dejando descubiertos efluentes

discurriendo lentos y pegajosos,

igual a babosas de bajoterra.

Donde se escuchan gritos

defendiéndose del falso futuro.

Sin nada a pausar,

ni calibrar de ese duro entendimiento,

gobernando ocultaciones para un buey

y sus falsas culpas.

Síndrome vinculante a morideros,

cumpliendo profecías necesitadas de horizontes

que arrojar al mar.

O de una cárcel de piedra

para que se mezclen y encierren infames biografías

de mal videntes,

refiriendo epitafios que ya no se utilizan hoy en día.

Inevitablemente manipulados

por los mismos viejos momentos de siempre.

Evitando influencias que debiera escuchar

Tu talle,

levísima consistencia escénica de viuda italiana,

y mi amistad con el asesino del viejo genocida español.

Se sitúan en el momento histórico

donde recojo la primera sangre de mis enemigos.

Dejando atrás toda estirpe moral de tiempos a recordar,

para ser parte de la bandada de pájaros humanos

dirigiéndose siempre al sur.

Evitando de esa manera que la mala suerte

se apodere de mi vida.

Y la tradición moral

no implique flotamientos oscuros de ninguna clase.

Mientras repase testimonios especulativos

memoria tras memoria.

Reconciliado con sensaciones comunes que no respondan

a ninguna revelación.

Aunque recurra a nuevas experiencias

recapitulándose sin cesar.

Carlos Velásquez Iwaki