Hace miles de años una joven madre atravesaba el desierto —muy distante de la Tierra prometida—, con un niño sobre los hombros. Tenía miedo en el corazón, hambre y dolor en el vientre. Su cuerpo agotado luchaba a la vez contra la sed, el vértigo, la migraña, el pulso rápido e incluso la náusea. Desde hacía varios días ella caminaba en medio de una tormenta de arena que le golpeaba el cuerpo mientras trataba de proteger a su niño moribundo. La mujer, abandonada, se dirigía sin saberlo hacia el vacío final en el atardecer que pronto se convertiría en noche, la noche realmente fría del desierto.
Su única esperanza: encontrar por el camino el “Pozo de la Vida” para que bebiera de aquellas aguas milagrosas, su pequeño Ismael. Hasta ese momento nadie había visto dicha fuente, sin embargo, la leyenda contaba que sus propiedades eran sagradas. Nadie sabía en realidad dónde encontrar ese pozo sagrado, pero muchos juraban que cualquier persona que bebiese de esa agua nunca más tendría sed, ni sentiría hambre.
No existe ninguna palabra para expresar la maldad de un padre que abandona a su hijo. Pero, lejos de los prejuicios, hay que entender que un hombre no siempre puede seguir el camino de su propia voluntad, ya que existen leyes aún más profundas que rigen cada acto, cada decisión. Por otra parte, hay que reconocer también que el propósito de cada vida humana siempre se cumple, tanto en la alegría como en el dolor.
Bram, el padre de este niño llevado ahora por su sierva, había sido un hombre bueno, heredero del cielo y de la tierra que, sin embargo, abandonó a Agar y a su hijo, sangre de su sangre, a pesar del gran dolor que le causó esta insalvable separación. Sabía desde luego que el nombre de esta mujer iba ser indeleble en su memoria y en su corazón:
—¡Yendo más lejos, estarán aún más cerca de mí para siempre!
Tales fueron sus últimas palabras a Agar y a su hijo con la certeza de que el amor siempre revela su razón hasta el final.
El niño enfermo y hambriento temblaba sobre el hombro de su madre, sin tener fuerza suficiente para llorar. Agar, con un coraje inexplicable de madre, no aceptaba dejar morir a su hijo. Por supuesto, estaba muy cansada y muy débil, pero a pesar de todo, no se podía dar por vencida, así, con este sabor amargo del dolor en su boca, y con su voz entrecortada por el llanto, murmuró con amor a los oídos de su niño medio dormido o medio muerto:
—Hijo mío, si eres tú quien muere esta noche y llegas al paraíso, pide luz para la tierra. Si me adelanto y muero, pediré a Dios larga vida para ti.
Después de haber hablado al pequeño, le dio un beso en la frente que casi ardía a causa de la fiebre, lo acostó en el suelo debajo de un arbusto y, dejando caer abundantes lágrimas, se puso de rodillas en la oscuridad, levantó la cabeza hacia el cielo para implorar ayuda, como en los momentos más terribles de la vida, cuando no hay nadie más para socorrernos.
—EL Roi. Aquí todos me abandonan y la vergüenza me mata, ayúdame, tú que puedes ver mis lágrimas y escuchar mi llanto.
En esos momentos, Agar tenía calambres en sus piernas, aparte del agudo dolor que sentía en los brazos y en el abdomen. Pero aún sumergida en su inmensa angustia, la esperanza que emanaba de su voz ascendía a la misma vez como un gran humo hacia el cielo.
Fue en esos instantes cuando un ser que viajaba en el viento, bajo el aspecto de un relámpago y vestido de luz, se acercó a ella. Sorprendida por el resplandor que irradiaba este extraño, la sierva se dejó caer a sus pies, pidiendo compasión para el niño agonizante. El ser de luz, tomó entonces la mano de la sierva para ayudarla a ponerse de pie, diciendo con una expresión de amor profundo:
—Mis oídos escucharon tu canto, a mi corazón llegaron tus lamentaciones. De verdad, toda enfermedad tiene cura, toda alma triste tiene consuelo y toda vida atada tiene libertad.
Agar lo miró a los ojos, dudando todavía de si todo aquello era un delirio suyo, un espejismo o un sueño. Demasiado confundida para hacer cualquier razonamiento, pero aprovechando de todos modos que por fin había encontrado ayuda en este lugar tan abandonado, dijo a su extraño compañero que estaba parado todavía frente a ella:
—¿Sabes tú dónde está el “El pozo de la vida”? Quiero beber de su agua y brindarle a mi hijo, antes de que se debiliten todas nuestras fuerzas. No queremos morir aquí.
El ángel se dirigió entonces hacia el niño, se arrodilló para verlo más de cerca, luego con una sonrisa llena de bondad depositó la mano sobre su pecho y respondió a su madre con calma:
—¿Por qué piensas que debe estar por aquí el pozo que buscas?
De repente, como si recobrara conciencia de la realidad, la sierva pudo ver que la tormenta se había calmado y el cielo había esclarecido otra vez. Pero, sobre todo, el gran regocijo de Agar, fue ver a su pequeño Ismael con vida, envuelto en una túnica de color verde que nunca había visto antes.
La joven madre no podía obtener ninguna explicación del milagro, y seguía preguntándose si debía creer o no. Pero dentro de toda su confusión, halló un hecho que no podía negar: los oídos de la vida escuchan la voz de quienes claman por ayuda en el dolor.


