
Dos fábulas básicas parecen articularse en esta novela. La primera, referida a la aparición de una enfermedad, no precisada, en la ciudad de Cusco. Se alude a una rabia canina (“de esa jauría infernal”), que expande el contagio en la población. Las medidas adoptadas por las autoridades (“todo por esos malditos perros”), recuerdan a la cuarentena impuesta por el Covid 19. Pero las historias narradas en El escultor, de Alejandro Alonso, autor mexicano, están datadas antes, en 2016, y publicadas en 2024. Serían, en todo caso, un ensayo de aquella pandemia, o más bien la inserción de un pedazo de ella, en una ficción escrita después. Esta fábula construye un universo de sobresaltos y desafíos, en el que sin embargo, la vida se revela con visos de normalidad. Esta epidemia de los capítulos iniciados tiene más bien la función de crear un clima de tensión, una atmósfera algo nebulosa, propicia para la instalación del temor.
Allí encaja la historia del escultor, llamado así por el oficio ejercido de modo empírico y marginal, y ante la carencia de un nombre. De él, se sabe poco, aparecía en el centro de la ciudad, con apariencia indigente, enigmática, pues eran escasas las palabras que pronunciaba. Una bufanda cubría permanentemente su rostro y una gorra aplastaba sus cabellos, de modo que solo los ojos aparecían libres. Se ignoraba donde vivía, hasta que uno de los personajes lo lleva a una casona abandonada para que la cuidara. A veces aparecía en la Plaza de Armas, y en un pequeño espacio, exhibía y vendía, pequeñas esculturas talladas en piedra, representando los astros. Prevalecía en el conjunto, el de la luna. Precisamente, la luna se convierte en elemento simbólico, que adquiere un valor mítico, generadora de acciones, que al parecer rige la vida de algunos personajes. Se deduce que el escultor es joven; compra y mastica coca. Una vendedora del mercado (“mamacha”) le llama niño. La señora después de venderle, le detiene para obsequiarle unas hojas de coca, especialmente escogidas, le pide que las lleve. El escultor, después de una insistencia, acepta. La señora le dice que se curará, y volverá la normalidad. Las hojas de coca se convierten en operadoras fabulosas, en las que se plasma lo mágico andino. Otro elemento fabuloso es el Niño Viejo, un niño momificado y sin ojos, adorado clandestinamente en una vieja casona de la ciudad. El escultor llega allí, después de haber sido presa de una fiebre que le impidió alimentarse varios días. Frente a esa imagen iluminada por velas encendidas, baja el embozo, y coloca como ofrenda las hojas de coca. Aquí la reflexión andina establece una conexión con el mundo escatológico. Las ruinas de Sacsayhuaman tienen igualmente una función mágica, una especie de entrada a otro mundo. Allí desaparecen dos niños, atrapados por una energía desconocida. Una alumna de Artes, es deslumbrada por la figura enigmática y las obras del escultor. Un día le da alcance en las proximidades de un templo, en la subida a Sacsayhuaman, y decidida le baja la bufanda y contempla su rostro. Ante la impresión cae desmayada y muere. El escultor se marcha del lugar abrumado por haber ocasionado esa tragedia. Es la única persona que logra ver el rostro del personaje.
Es prosa donde los deseos convergen y la muerte parece componer algunas cosas. Un día, a la medianoche, el escultor sube a Sacsayhuaman. Arrollado, contempla el desplazamiento de la luna y entra en éxtasis. Se palpa el rostro, comprueba que la deformidad que escondía ha desaparecido. Podía, en adelante, llevar una vida normal. Pero está atrapado entre la realidad y el delirio, entre la vida y la muerte, en los linderos de un pensamiento esquizofrénico.
Enlazan estas fábulas, las andanzas de otros personajes, que son personas de existencia real, que además aparecen con sus nombres verdaderos. En la ficción cumplen acciones que son las que realizan en la vida real. Lo irreal está en la muerte de uno de ellos, que sigue allí en la realidad. Son personas del mundo artístico de la ciudad. Los elementos básicos del relato son problematizados de modo permanente, dejando de lado su construcción con base en personas realmente existentes. Además los deícticos con información abundante, la descripción puntual de la ciudad. El texto de la contracarátula explica con precisión estas historias desde su función paratextual. La reflexión andina podría asumir el papel de hipotexto.
El lector atento, luego del recorrido por la diégesis, queda en algunas conclusiones, como la oposición precisión /imprecisión, ya anotadas. Casi siempre, el protagonista de una novela es presentado de modo preciso, y no solo en las novelas de personaje, ni en aquellos que tienen una estructura dramática. De hecho sabemos quién y cómo es, cuáles son sus propósitos, o lo vamos conociendo de modo progresivo. En El escultor sucede lo contrario, no sabemos casi nada del protagonista, ni vemos su rostro. Lo poco que percibimos se deduce, se infiere de ciertos indicios. Suponemos que es joven y que tiene algún mal, porque una señorita lo llama niño y le dice que se curará. Y en este propósito le alcanza unas hojas de coca, especialmente escogidas. La precisión viene de los elementos realistas, de personajes de existencia real, de la ciudad que es descrita con puntualidad, en una cartografía casi exacta. La imprecisión, entonces, enriquece la diégesis, la lleva hacia lo fantástico en procura de lo fabuloso, que se logra activando quiebres isotópicos en una reflexión, digamos occidental, por un lado, y por otro, apelando al realismo mágico. Ambos se imbrican, logrando buenos resultados. Es la parte más importante del discurso narrativo, cuando va más allá de nombrar, de designar, y trasciende a niveles sugestivos, de amplia sugerencia. Este nivel de trascendencia hacia un mundo escatológico, hacia un espacio ectópico funde su importancia. El escritor contribuye al corpus de la novelística sobre la ciudad del Cusco, con estas novedades, más allá de la atracción histórica, y con complejidad destacable.
