Entrevista. Indran Amirthanayagam: amo en cada lengua lo más profundamente que puedo. Por: Jorman Sebastian Lugo

El Festival internacional de Poesía Luna de Locos sigue siendo una de las islas de la cultura que llegan a Pereira. Durante una semana la ciudad recibe a poetas de diferentes continentes que comparten parte de sus raíces. 

Los poetas aprovechan la ocasión para recitar los frutos de sus pensamientos y emociones en teatros, colegios y parques.

Ese es el caso de Indran Amirthanayagam, poeta de Sri Lanka que se dejó cautivar por la recepción de la ciudad y visita el festival por segunda ocasión consecutiva. 

Su poesía es el reflejo de la migración y de los genocidios: pertenecer a una minoría que perdió la guerra civil y marcó su forma de ver el mundo. Sobre todo, porque perdió su lengua materna y tuvo que llenar ese vacío acercándose al alma humana desde otros idiomas.

P. Usted escribe poesía en varios idiomas y ha contado que perdió el tamil, su lengua materna. ¿Cómo se enfrenta un poeta a esa ausencia?

R. Sí, perdí el tamil, y creo que ahí se abrió un vacío que trato de llenar con los detalles más íntimos de la experiencia humana. Cada idioma que he aprendido –inglés, francés, español, portugués, creole haitiano– es un medio de creación, no solo de comunicación. Amo en cada lengua lo más profundamente que puedo, y ese amor implica riesgo. Pero sin riesgo no hay verdad.

P. ¿El poema ha sido también una terapia frente a esa pérdida?

R. Totalmente. Mi terapia principal ha sido el poema. Escribirlo y compartirlo me ha salvado muchas veces. Un poema no existe hasta que no es leído o respondido. Esa dimensión social es vital, pero también está la dimensión íntima: el poema me ha permitido enfrentar traumas, desde la relación con una profesora cruel de tamil en mi infancia hasta la violencia de la guerra civil en Sri Lanka.

P. Usted viene de una familia vinculada tanto a la diplomacia como a la literatura. ¿Cómo influyó eso en su decisión de ser poeta y diplomático?

R. Mi padre fue diplomático de Ceilán en Londres y también poeta. Mi madre organizaba las cenas diplomáticas en casa, y yo veía cómo todo eso se sostenía gracias a ella. Además tuve la figura de mi tío abuelo, Meary James Thurairajah Tambimuttu, que durante la Segunda Guerra Mundial publicó en Londres la revista Poetry London, incluso en medio de los bombardeos. Crecí escuchando esas conversaciones y entendí que se podía ser poeta y, al mismo tiempo, tener una vida pública.

P. También conoció a figuras como Allen Ginsberg y Bob Dylan en su juventud. ¿Cómo marcó eso su sensibilidad?

R. Tenía 17 años cuando fui con mi padre a recoger a Ginsberg al aeropuerto. Estuvo en nuestra casa y hasta Bob Dylan llamó por teléfono. Yo fui el mensajero entre ellos dos. Imagínese lo que significa para un joven de esa edad. Ese contacto me reafirmó que la poesía y la música son inseparables.

P. En sus poemas hay una preocupación constante por la violencia, por el “Caín” que habita en el ser humano.

R. Sí. Siempre me ha obsesionado esa pregunta: ¿por qué matamos a nuestros hermanos? En mi último libro hablo de “deleites fratricidas”, porque el bosque es vida y belleza, pero también puede ser escenario de la muerte. La poesía me permite explorar esa tensión entre cuidar al prójimo y destruirlo.

P. ¿Qué significa para usted el espectáculo en la poesía, esa dimensión pública?

R. Es un riesgo. Todos tenemos el deseo de brillar, de estar en la farándula. Pero lo importante es preguntarse, como decía Derek Walcott, “¿Dónde está tu música?”. Si hay música en el poema, entonces lo has hecho bien. El resto –premios, notas de prensa, minutos en televisión– no está mal, pero nunca debe ser el centro. El centro es la música del poema.

Jorman Sebastian Lugo